Álvaro Márquez-Fernández
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| Eros y Psique |
El amor de amar
La experiencia existencial más
relevante para los seres humanos, es su conciencia de estar vivos. Es un tipo
de conciencia que no es solo esa conciencia de hacernos conscientes de lo que
es nuestra conciencia. Precisamente, porque la experiencia existencial se
manifiesta y expone en el mundo desde el horizonte abierto que es el ser en su
realización posible. No es limitado sino infinito ese horizonte de la
conciencia a través de la que el ser que se va creando, haciendo, ultimado en
su concreción. Al parecer, eso dicen los libros sagrados y filosóficos, un poco
menos los científicos, nuestra primigenia consciencia de ser, es la del Amor. Nacemos
por amor y quizás, es la esperanza de muchos, deseamos morir por amor. La
primera palabra con sentido existencial que afirma que estar vivos, es estar
presentes en ese acto de conciencia que se refiere a un modo de entender e
interpretar el mundo a través del amor. Se nos ofrece y aceptamos a partir de
una autonomía en sí y con los otros que no afecte la libertad que hace y debe
recrear el valor de amar con el que amamos. Se pudiera decir, también para los
más practicantes: creer que sólo en amor es que por amor la vida logra su
consagración más original y trascendente. Un amor como aura de la vida, un amar
como ocaso de la
existencia. Si, así, puestos a pensar, en una de sus dos
primeras modalidades: el amor de ser y el amor de estar. Esa realidad de
complemento en la que el Amor se debate entre sí mismo, y frente a los otros,
para poder erigir los estandartes de su imagen del mundo y las lanzas de sus
desafíos humanos. El amor que en su secreto origen consciente suscita la
voluntad de pensar con goce y placer la experiencia de la vida; el amor que en
su destino humano nos lanza a la fatalidad de estar vivos en la inmanencia. Para
eso hemos nacido, diría el poeta más consagrado por el amor a todas las cosas,
desde el canto del manantial cuyas aguas humedecen el desierto de la
incredulidad, hasta el símbolo con el que el gesto de la palabra proclama con
poder la extraña ausencia de la palabra cuando se pierde la voz y en el
silencio se anida la primera y última despedida del amor. No es mi propósito
hacer citas de los grandes pensadores/as o filósofos/as, que los hay excelentes
y muy respetados, que en su arraigo y desarraigo a la vida se han topado con el
Amor de amar, y salir, incluso, airosos de este encuentro con alguna teoría o
prácticas amorosas que sirven de orientación y destino para la buena vida.
Apenas esta rememoración al poeta Neruda, en sospecha por mis propias palabras,
porque es la vida amorosa de Neruda con el Amor, quien lo convierte en ese
relator de la experiencia de amar el Amor sin condicionamientos. Es decir,
desde una poética del deseo, donde el ser humano es a través del amor y de éste
a través de otros más. Tal es la senda de esa experiencia del poeta ante la
insurgente imagen representacional del amor a todo, sin dejar al margen alguna
sensibilidad que lo niegue o desmienta. Sin dubitaciones o incertidumbres, la
acción o praxis del Amor es origen y recreación de la experiencia sensible que
surca y abre a la razón esa exploración del sentimiento afectivo y emocional
con el que es fiable construir la realidad de amar: ese acto de amorosidad
viviente, diría seguramente Andrés Ortiz-Osés, con el que designamos los
espacios donde el amor se encarna en y desde nuestra ipseidad. Del amor nacemos
y al amor morimos. Sin él nada de lo que es pudiera existir, pues lo que existe
aun en su realidad más ideal es la manifestación de quien ama y es amado. Por
eso el poeta siente y con clarividencia escribe o habla de la imagen del amor
representado en la ontología de una palabra que es prosa, retórica y metáfora;
porque, precisamente, es el testimonio biográfico de quien se sabe amante de lo
amorosamente amado en el amor. Un decir y hablar inevitablemente narcisista
para dotar a la conciencia sensible del principio subjetivo del placer de estar
en el momento amoroso del amor a nosotros mismos, así como a los otros. Sin esa
experiencia de estar en el sujeto del ser amoroso, el amor carece de sentido
existencial porque no se nutre del origen de su conciencia de querencia por el
deseo y por el goce del placer a la
vida. No es el caso de proponer algún dogma o escepticismo
acerca del amor de amar, más bien es un interés por declarar y hacer visible lo
invisible de esa condición de estar que se descubre por parte o del lado de la
vida que es la amorosa, y que por ende compromete la existencia del sujeto de
esa vida desde su propia consciencia sensible. Es, por consiguiente, sobre esta
dimensión del sentimiento humano que debemos a nuestra necesidad de
experimentar en el amor de amar; que nuestras biografías humanas pueden
encarnar esa palabra con la que se testifican los sentimientos amorosos,
incluso los más absurdos a la conciencia racional que reprime cualquier acto de
libertad amorosa.