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martes, 21 de agosto de 2012

La Amistad

Giorgio Agamben

Giorgio Agamben














La amistad está tan estrechamente ligada a la definición misma de la filosofía que se puede decir que sin ella la filosofía no sería propiamente posible. La intimidad entre amistad y filosofía es tan profunda que ésta incluye el phílos, el amigo, en su mismo nombre y, como suele suceder en toda proximidad excesiva, corre el riesgo de no llegar a realizarse. En el mundo clásico, esta promiscuidad y casi consustancialidad del amigo y del filósofo se daba por descontada y es ciertamente por una intención en algún sentido arcaizante que un filósofo contemporáneo -en el momento de formular la pregunta extrema: "¿qué es la filosofía?- llegó a escribir que ésta es una cuestión para tratar entre amis. Hoy la relación entre amistad y filosofía, de hecho, ha caído en descrédito y es por una suerte de compromiso y mala conciencia que aquellos que hacen profesión de filosofía intentan vérselas con este partner incómodo, y por así decir, clandestino de su pensamiento.

Amar de amistad. Quizá - El Nombre y el Adverbio

Jacques Derridá


Jorge Luis Borges y Jacques Derridá



















                                                        Tu amistad a menudo me ha herido el corazón Sé mi enemigo por amor de la amistad [i][i].
(W. Blake)

¿Amar a sus enemigos? Creo que esta lección ha sido bien aprendida: en nuestros días se aplica de mil maneras...[ii][ii].

La vida del enemigo. Quien vive de combatir a un enemigo, tiene interés en que éste siga con vida [iii][iii].
(F. Nietzsche)

«Oh, amigos míos, no hay ningún amigo»: sabiduría y última voluntad. El tono de la frase es en primer término indeciso, sin duda, y sólo vamos a ensayar aquí una variación entre tantas otras posibles [iv][iv]. Pero a la primera escucha, la que se deja guiar ingenuamente por lo que algunos llaman el lenguaje ordinario y las palabras de todos los días, por una interpretación muy próxima de un cierto sentido común (¡toda una historia ya!), la frase parece murmurada. Como si imitase al menos el suspiro elocuente, aparenta la gravedad sentenciosa y melancólica de un testamento. Alguien suspira, quizá un sabio suspira. Quizá. Quizá les habla a sus hijos o a sus hermanos reunidos por un instante alrededor del lecho de muerte: «Oh, amigos míos, no hay ningún amigo».

Paul Celan. Del Ser al Otro

Emmanuel Lévinas

Paul Celan con Nani y Claus Demus en Londres (1955)














Hacia el otro


          No veo la diferencia, escribe Paul Celan a Hans Bender, entre un apretón de manos y un poema. He aquí el poema, lenguaje acabado, remitido a una interjección, a una expresión tan poco articulada como un guiño, como un signo entregado al prójimo. ¿Signo de qué? ¿de vida? ¿de amabilidad? ¿de complicidad? O signo de nada, complicidad por nada, decir sin dicho. O signo que es su propio significado: el sujeto da signo de esta donación de signo, hasta el punto de volverse él mismo sólo signo. Comunicación elemental y sin revelación, infancia balbuceante del discurso, torpe inserción en la famosa lengua que habla, en el famoso die Sprache spricht, entrada de mendigo en la morada del ser.

De Así habló Zaratustra

Friedrich Nietzsche

Lou Andreas-Salomé avec Paul Ree et Friedrich Nietzsche




















Del amigo
Uno siempre a mi alrededor es demasiado» - así piensa el eremita. «Siempre uno por uno - ¡da a la larga dos!»
Yo y mí están siempre dialogando con demasiada vehe­mencia: ¿cómo soportarlo si no hubiese un amigo?
Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que el diálogo de los dos se hunda en la profundidad.
Ay, existen demasiadas profundidades para todos los ere­mitas. Por ello desean ardientemente un amigo y su altura. Nuestra fe en otros delata lo que nosotros quisiéramos creer de nosotros mismos. Nuestro anhelo de un amigo es nuestro delator.
Y a menudo no se quiere, con el amor, más que saltar por encima de la envidia. Y a menudo atacamos y nos creamos un enemigo para ocultar que somos vulnerables.
«¡Sé al menos mi enemigo!» - así habla el verdadero respe­to, que no se atreve a solicitar amistad.

jueves, 16 de agosto de 2012

Amor y no-dualidad

Raimon Panikkar















La idea según la cual Dios es Amor, con todas sus implicaciones, representa un desafío para un advaitin[1] que pretende estar más allá de todo dualismo y por tanto —dado que el amor parece presuponer dualidad— estar también más allá del amor. Este problema es, ante todo, una cuestión interna del hinduismo que, en sus principales corrientes devocionales, es una religión del amor (bhakti) y en sus aspectos más contemplativos y filosóficos una religión de la gnosis (jña-na) (que pretende ser superior que la primera), pero es también una cuestión que, de una forma u otra, se plantea ineludiblemente en toda experiencia de no-dualidad.

De la conciencia sensible y pasional de amar


Álvaro Márquez-Fernández


Eros y Psique





















El amor de amar

La experiencia existencial más relevante para los seres humanos, es su conciencia de estar vivos. Es un tipo de conciencia que no es solo esa conciencia de hacernos conscientes de lo que es nuestra conciencia. Precisamente, porque la experiencia existencial se manifiesta y expone en el mundo desde el horizonte abierto que es el ser en su realización posible. No es limitado sino infinito ese horizonte de la conciencia a través de la que el ser que se va creando, haciendo, ultimado en su concreción. Al parecer, eso dicen los libros sagrados y filosóficos, un poco menos los científicos, nuestra primigenia consciencia de ser, es la del Amor. Nacemos por amor y quizás, es la esperanza de muchos, deseamos morir por amor. La primera palabra con sentido existencial que afirma que estar vivos, es estar presentes en ese acto de conciencia que se refiere a un modo de entender e interpretar el mundo a través del amor. Se nos ofrece y aceptamos a partir de una autonomía en sí y con los otros que no afecte la libertad que hace y debe recrear el valor de amar con el que amamos. Se pudiera decir, también para los más practicantes: creer que sólo en amor es que por amor la vida logra su consagración más original y trascendente. Un amor como aura de la vida, un amar como ocaso de la existencia. Si, así, puestos a pensar, en una de sus dos primeras modalidades: el amor de ser y el amor de estar. Esa realidad de complemento en la que el Amor se debate entre sí mismo, y frente a los otros, para poder erigir los estandartes de su imagen del mundo y las lanzas de sus desafíos humanos. El amor que en su secreto origen consciente suscita la voluntad de pensar con goce y placer la experiencia de la vida; el amor que en su destino humano nos lanza a la fatalidad de estar vivos en la inmanencia. Para eso hemos nacido, diría el poeta más consagrado por el amor a todas las cosas, desde el canto del manantial cuyas aguas humedecen el desierto de la incredulidad, hasta el símbolo con el que el gesto de la palabra proclama con poder la extraña ausencia de la palabra cuando se pierde la voz y en el silencio se anida la primera y última despedida del amor. No es mi propósito hacer citas de los grandes pensadores/as o filósofos/as, que los hay excelentes y muy respetados, que en su arraigo y desarraigo a la vida se han topado con el Amor de amar, y salir, incluso, airosos de este encuentro con alguna teoría o prácticas amorosas que sirven de orientación y destino para la buena vida. Apenas esta rememoración al poeta Neruda, en sospecha por mis propias palabras, porque es la vida amorosa de Neruda con el Amor, quien lo convierte en ese relator de la experiencia de amar el Amor sin condicionamientos. Es decir, desde una poética del deseo, donde el ser humano es a través del amor y de éste a través de otros más. Tal es la senda de esa experiencia del poeta ante la insurgente imagen representacional del amor a todo, sin dejar al margen alguna sensibilidad que lo niegue o desmienta. Sin dubitaciones o incertidumbres, la acción o praxis del Amor es origen y recreación de la experiencia sensible que surca y abre a la razón esa exploración del sentimiento afectivo y emocional con el que es fiable construir la realidad de amar: ese acto de amorosidad viviente, diría seguramente Andrés Ortiz-Osés, con el que designamos los espacios donde el amor se encarna en y desde nuestra ipseidad. Del amor nacemos y al amor morimos. Sin él nada de lo que es pudiera existir, pues lo que existe aun en su realidad más ideal es la manifestación de quien ama y es amado. Por eso el poeta siente y con clarividencia escribe o habla de la imagen del amor representado en la ontología de una palabra que es prosa, retórica y metáfora; porque, precisamente, es el testimonio biográfico de quien se sabe amante de lo amorosamente amado en el amor. Un decir y hablar inevitablemente narcisista para dotar a la conciencia sensible del principio subjetivo del placer de estar en el momento amoroso del amor a nosotros mismos, así como a los otros. Sin esa experiencia de estar en el sujeto del ser amoroso, el amor carece de sentido existencial porque no se nutre del origen de su conciencia de querencia por el deseo y por el goce del placer a la vida. No es el caso de proponer algún dogma o escepticismo acerca del amor de amar, más bien es un interés por declarar y hacer visible lo invisible de esa condición de estar que se descubre por parte o del lado de la vida que es la amorosa, y que por ende compromete la existencia del sujeto de esa vida desde su propia consciencia sensible. Es, por consiguiente, sobre esta dimensión del sentimiento humano que debemos a nuestra necesidad de experimentar en el amor de amar; que nuestras biografías humanas pueden encarnar esa palabra con la que se testifican los sentimientos amorosos, incluso los más absurdos a la conciencia racional que reprime cualquier acto de libertad amorosa.

El concepto de amor, la generalización de los sensible

María Zambrano














Con esto está logrado lo que parecía más imposible, la generalización de lo sensible. Lo sensible era contrario y rebelde a la unidad, unidad en que, una vez hallada, participan todas las cosas que antes veíamos dispersas, cada una viviendo por sí. Por la belleza se ha logrado esta unidad. El mundo sensible ha encontrado su salvación, pero más todavía, el amor a la belleza sensible, el amor nacido en la dispersión de la carne.

El amor nacido en la dispersión de la carne, encuentra su salvación porque sigue el camino del conocimiento. Es lo que más se parece a la filosofía. Como ella, es pobre y menesteroso y persigue a la riqueza; como ella, nace de la obscuridad y acaba en la luz; nace del deseo y termina en la contemplación. Como ella, es mediador.

Ágape: amor y perdón


San Lucas, 7, 36-50

















36. Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. 37. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, 38.y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.