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jueves, 16 de agosto de 2012

De la conciencia sensible y pasional de amar


Álvaro Márquez-Fernández


Eros y Psique





















El amor de amar

La experiencia existencial más relevante para los seres humanos, es su conciencia de estar vivos. Es un tipo de conciencia que no es solo esa conciencia de hacernos conscientes de lo que es nuestra conciencia. Precisamente, porque la experiencia existencial se manifiesta y expone en el mundo desde el horizonte abierto que es el ser en su realización posible. No es limitado sino infinito ese horizonte de la conciencia a través de la que el ser que se va creando, haciendo, ultimado en su concreción. Al parecer, eso dicen los libros sagrados y filosóficos, un poco menos los científicos, nuestra primigenia consciencia de ser, es la del Amor. Nacemos por amor y quizás, es la esperanza de muchos, deseamos morir por amor. La primera palabra con sentido existencial que afirma que estar vivos, es estar presentes en ese acto de conciencia que se refiere a un modo de entender e interpretar el mundo a través del amor. Se nos ofrece y aceptamos a partir de una autonomía en sí y con los otros que no afecte la libertad que hace y debe recrear el valor de amar con el que amamos. Se pudiera decir, también para los más practicantes: creer que sólo en amor es que por amor la vida logra su consagración más original y trascendente. Un amor como aura de la vida, un amar como ocaso de la existencia. Si, así, puestos a pensar, en una de sus dos primeras modalidades: el amor de ser y el amor de estar. Esa realidad de complemento en la que el Amor se debate entre sí mismo, y frente a los otros, para poder erigir los estandartes de su imagen del mundo y las lanzas de sus desafíos humanos. El amor que en su secreto origen consciente suscita la voluntad de pensar con goce y placer la experiencia de la vida; el amor que en su destino humano nos lanza a la fatalidad de estar vivos en la inmanencia. Para eso hemos nacido, diría el poeta más consagrado por el amor a todas las cosas, desde el canto del manantial cuyas aguas humedecen el desierto de la incredulidad, hasta el símbolo con el que el gesto de la palabra proclama con poder la extraña ausencia de la palabra cuando se pierde la voz y en el silencio se anida la primera y última despedida del amor. No es mi propósito hacer citas de los grandes pensadores/as o filósofos/as, que los hay excelentes y muy respetados, que en su arraigo y desarraigo a la vida se han topado con el Amor de amar, y salir, incluso, airosos de este encuentro con alguna teoría o prácticas amorosas que sirven de orientación y destino para la buena vida. Apenas esta rememoración al poeta Neruda, en sospecha por mis propias palabras, porque es la vida amorosa de Neruda con el Amor, quien lo convierte en ese relator de la experiencia de amar el Amor sin condicionamientos. Es decir, desde una poética del deseo, donde el ser humano es a través del amor y de éste a través de otros más. Tal es la senda de esa experiencia del poeta ante la insurgente imagen representacional del amor a todo, sin dejar al margen alguna sensibilidad que lo niegue o desmienta. Sin dubitaciones o incertidumbres, la acción o praxis del Amor es origen y recreación de la experiencia sensible que surca y abre a la razón esa exploración del sentimiento afectivo y emocional con el que es fiable construir la realidad de amar: ese acto de amorosidad viviente, diría seguramente Andrés Ortiz-Osés, con el que designamos los espacios donde el amor se encarna en y desde nuestra ipseidad. Del amor nacemos y al amor morimos. Sin él nada de lo que es pudiera existir, pues lo que existe aun en su realidad más ideal es la manifestación de quien ama y es amado. Por eso el poeta siente y con clarividencia escribe o habla de la imagen del amor representado en la ontología de una palabra que es prosa, retórica y metáfora; porque, precisamente, es el testimonio biográfico de quien se sabe amante de lo amorosamente amado en el amor. Un decir y hablar inevitablemente narcisista para dotar a la conciencia sensible del principio subjetivo del placer de estar en el momento amoroso del amor a nosotros mismos, así como a los otros. Sin esa experiencia de estar en el sujeto del ser amoroso, el amor carece de sentido existencial porque no se nutre del origen de su conciencia de querencia por el deseo y por el goce del placer a la vida. No es el caso de proponer algún dogma o escepticismo acerca del amor de amar, más bien es un interés por declarar y hacer visible lo invisible de esa condición de estar que se descubre por parte o del lado de la vida que es la amorosa, y que por ende compromete la existencia del sujeto de esa vida desde su propia consciencia sensible. Es, por consiguiente, sobre esta dimensión del sentimiento humano que debemos a nuestra necesidad de experimentar en el amor de amar; que nuestras biografías humanas pueden encarnar esa palabra con la que se testifican los sentimientos amorosos, incluso los más absurdos a la conciencia racional que reprime cualquier acto de libertad amorosa.


El amor de amores

En el amar no es una sino múltiples las acciones. Una ingenua ignorancia presume lo contrario; es decir, divulga y acepta la unicidad del amor en un para siempre como algo idéntico e invariable en el tiempo.  Esa curiosa idea de la eternidad del presente y de la inagotabilidad humana para perpetuarse en el tiempo, es totalmente confusa y por consiguiente errada. Del amar el amor y de sus amores, es que el amor toma y logra alcanzar sus fuerzas existenciales. Otra posibilidad es mera metafísica o ese tipo de ejercicios emotivos, en el mejor de los casos, espirituales, que sirven de estigmas al severo modelo de transformar al amor en un tabú o idola.  De los amores del amar, que, indiscutiblemente, son muchos, de los que surge el sentido de su existencia real y tangible, es el del cuerpo en su condicionalidad humana el más significativo. Sin esta consciencia de ser cuerpo humano, materia corporal, los amoríos del aprender a amar, son infructuosos o desviados. Más allá del cuerpo del amor en todas sus manifestaciones, la existencia pierde su sentido pasional. Es decir, dejar de actuar en relación o con referencia a los discursos sensibles del cuerpo ya que, únicamente, a través del cuerpo es que nuestra existencia asume el sentido del estar en el ser. De los amores del amor es que el amor nace al mundo y se inserta en él no con la pretensión de un para siempre sino de un permanecer, porque el amor fenece con el tiempo, por cuanto todo cambia y dejar de ser para rehacerse desde otros tiempos. A esa dialéctica de la vida es que la vida pertenece y en la que permanece, con indudables transformaciones o mutaciones. La vida del amor, la vida amorosa, los amores del amor, responden, a fin de prevalecer sobre los inevitables cambios, a la recreación, a la novedad, a la inventiva; es decir, a no perder su libertad. Por amar es que el amorío surge en la vida junto a los otros amados. Sin este momento del querer amar no es factible el encuentro con el sujeto amado, y en presencia real del acto amoroso desde mí hacia el otro es que el cuerpo se manifiesta en su plenitud sensible para hacerse objeto de los amores. Entonces, es irrefutable la afirmación de que a través del cuerpo la transformación imaginaria del amor en otros amores, se realiza y hace presente la imagen que del amor se nos representa en la realidad. Desde el cuerpo es que emerge la percepción de ser amado. A partir de la conciencia sensible el cuerpo transforma permanentemente su sentido estético y se conjuga de acuerdo a cómo en cada sensación de los sentidos se registra la percepción amorosa en su multiplicidad de acciones deseadas. La tradición, en especial la de esas culturas represoras de la religión o de la política, cercan los cuerpos humanos con las arbitrarias ideas del temor o el castigo, la pena o el pecado, en un intento por imponer el orden de la Razón al de la libertad sensible. Se trata, precisamente, de legislar e instaurar un sistema de valores cósicos sobre otros valores que no son susceptibles de normativa alguna. El valor de amar y los valores amorosos con los que cada sujeto construye y realiza sus prácticas subjetivas e intersubjetivas, no pueden ser confiscados en subordinación a un poder que se les impone a partir, incluso, de las diferencias de sus propias corporeidades. Los condicionamientos amorosos, en ese contexto de la cultura política que una sociedad ha fabricado para controlar la pasión amorosa con la que los amores logran cristalizarse en el cuerpo, no pueden constreñir la intensión humana en busca del deseo que en más de una ocasión es una “inspiración” que posteriormente es representable en cualquiera de las llamadas Bellas Artes. A ese sentido genético del amor de amores debemos acudir con nuestras percepciones para aprender a sentir el amor por y desde el cuerpo, a ese sentido genérico debemos acudir para aprender a defender los intangibles valores amorosos del amor en todas sus expresividades o manifestaciones. Quizás el más relevante de esos valores amorosos del amor es el uso de la palabra amor en todas y cada una de las circunstancias donde el amor se nos hace presente. En más de una vez encontramos mal asociados estos valores pues la economía del mercado ha transformado en otro valor de mercancía el uso del amor en su intercambio. A esto debe resistirse el discurso amoroso que se propone hoy día, a partir de la situación de vida de un sujeto sensible que declara el proceso de alienación en el que puede estar inmersa la conciencia amorosa. La experiencia del encuentro amoroso siempre es una experiencia libre para optar o elegir, alternar o decidir, no puede ser reiterativa o impuesta como orden de poder o represión. Ello deslegitima una de la más importante experiencia de sentir indiscutiblemente asociada al cuerpo, a la que cualquier ser humano tiene el derecho de descubrir y cultivar sin distingo de clases, color, sexo y demás características naturales o políticamente diferenciadas. Toda vez que nos liberemos de patrones de conductas impuestos por espacios de poder muy mediados hoy día por la economía de mercado, las libertades para amar retornarán a esa voluntad de poder para hacer, desde nuestras conciencias sensibles, las subjetivas prácticas amorosas que nos permiten crear y realizar ese fundamental imaginario simbólico de placeres y de goces a los que no debemos renunciar o negar, en aras de una humanización de nuestras vidas en concordancia con nuestra más básica de las necesidades existenciales: la convivencia original y auténtica. El logos de la racionalidad lógica y positiva tan particular de la Modernidad, no pudo llevar a buen teminus su proyecto de progreso y fin de la historia. Hoy podemos afirmar que el olvido o el absurdo racional que proclamaba la ausencia de la sensibilidad como génesis indiscutible del mundo de vida, fue un craso error que está en vía de superarse. El giro filosófico finisecular y de carácter posmoderno, abre la posibilidad para repensar desde otro anthopos la materialidad sensible del cuerpo, que ya no es más considerada como una irracionalidad en su referente femenino; sino, que es este retorno arcaico al ser sensible lo que salva a la razón de su irracionalidad o fetiche amoroso.

La pasión del amor corpóreo

En algún pasaje de la poética, es Aristóteles quien considera que algo de la sensibilidad reside en el reino de las pasiones. Es, según recuerdo, un argumento largo y abierto permanentemente al debate, sobre todo cuando se trata de distinguir el valor de las pasiones humanas versus las virtudes humanas. Al parecer la sustentación de la filosofía clásica siempre va a abogar a favor de las “virtudes”, por el interés que despierta a los mortales griegos la trascendencia y la perfección de las almas. Sin embargo, ese sesgo metafísico con el que se encubre la contingencia del mundo existencial, no es suficiente como para que desaparezca por encanto psicoanalítico, la reminiscencia de que formamos parte del sentimiento pasional de la vida y al que debemos escucha y acción. Se pudiera oponer, desde mi lectura latinoamericana a la filosofía de Aristóteles, que las realidades del mundo no se pueden comprender tan sólo a partir de la distinción entre racionalidad formal y sensibilidad material, toda vez que el predominio de nuestra compresión de las realidades no debe ser mucho más aceptado si está fundamentado en un orden racional. Luego, el campo de la experiencia sensible resulta de un orden vago o subalterno al que no se le debe más confiabilidad que el de las irregulares percepciones de los fenómenos humanos. Me parece que en el fondo del asunto hay mucho más que escarbar para develar la complejidad del anthopos cultural e histórico que solapa Aristóteles; precisamente, cómo se afirma la verdad de la realidad con respecto al predominio de la racionalidad, y que todo aquello que emerge y logra visibilidad desde la sensiblidad, termina sublimado como respuesta o resultado de la razón. La pasión siempre queda en la clandestinidad y sólo es enunciada para decir de ella todo aquello es que perjudicial o negativo a la razón. Así el “ideal” de la razón es la suprema trascendencia aun por encima del propio sujeto de la racionalidad, la condición de vida de los seres humanos. Hay en toda esta filosofía occidental de un lado y del otro de la ontología, un menoscabo a la pasión, lo pasional como praxis de la vida mundana, y acá recupero este pensamiento de Antonio Pérez-Estévez que con inteligencia le hizo la crítica feminista a Platón, Aristóteles y la Patrística medieval… Posiblemente eso explique toda esa idealidad de la escolástica neo-aristotélica por el amor sublimado cuyos sentires derivan en una idolatría para Santos y Ángeles, pero que en absoluto en capaz de reconocer la dotación natural de los seres vivos, más todavía los seres vivos racionales, de sentir y de vivir de acuerdo al mundo de sus consciencias sensibles. Es este el escenario del amor donde más escurridizo es el compromiso con la vida cotidiana y actual: la pasión de amar, incluso, como diría Benedetti, sin normas salvo las que la vida nos da. Es un espacio, escenario y prácticas amorosas que vinculan directamente al cuerpo con su estar. De ningún otro modo podemos tomar consciencia sensible de nuestra presencia humana si no tomamos consciencia corporal de lo que somos según es el estar de nuestro cuerpo en su encuentro o permanente reconocimiento con la consciencia mundana. Si bien las  idealidades del amor son posibles, ellas son el resultado de una satisfacción del sentir el cuerpo a través de sus necesidades. Es un mero artificio de la imaginación sentir la realidad a partir de la abstracción del cuerpo. Me parece que es ineludible la presencia humana del cuerpo que somos;  es más, sin este cuerpo nada existiría debido a que sin existencia concreta, es decir, corpórea, elementalmente física, el mundo es inconcebible. La presencia del ser es sujetiva frente al fenómeno de la existencia del mundo del que es su referencia permanente y éste resulta de un momento de la objetivación del sujeto que lo constituye. Pero en absoluto esto representa la culminación de la evolución progresiva de una razón que, al decir de Hegel, es el espíritu de la Historia. La historia humana es el cuerpo humano que se historiza a través de sus representaciones, y al interior de esa historia humana se desarrolla y transforma una voluntad de poder para hacer, un instinto, una pasión para la acción, que puede enfrentar a los ordenes instituidos de la racionalidad.  A esa instancia del ser en el mundo donde se sitúa el estar del ser, considero que debe referirse la presencia o existencia de la pasión en la experiencia del amor, tal como se ha intentado considerar en este texto en el sentido de una comprensión existencial de la praxis amorosa. El filósofo que nos permite avanzar en la crítica a Aristóteles acerca de la importancia de la pasión como origen sustantivo del amor es Niezstche, si consideramos la fuerza nihilista que le confiere Niezstche a la pasión como voluntad. Los efectivos cambios que se dan en el mundo son por amor genuino a la diferencia y divergencia, a lo que inevitablemente sufre las mutaciones y se recrea hasta el final para volver a reiniciar el retorno a otro origen. El mundo corporal es el reflejo y efecto de esos cambios, el amor reconstructivo es la fuerza que anima lo corpóreo que sirve de mediun a la vida mundana. Eso que implicaría un horizonte o límite al mundo de la realidad, no es más que la frontera de exploración subjetiva de la objetividad de la naturaleza humana. Es, por consiguiente el amor corpóreo el más carnal y sensitivo de la vida. La existencia del amor pasa por la vida del cuerpo y éste es el espacio vivencial donde la sensibilidad se transforma en sentido y símbolo, allí la racionalidad es una de las interpretaciones de ese mundo de la sensibilidad corpórea que se desplaza y recorre las geografías acústicas, visuales, gustativas, táctiles y olfativas, de las sensaciones de los sentidos. Sensaciones y percepciones que dotan a la materia del cuerpo de un ser humano singular y específico, que toca a cada persona o individuo descubrir y crear. El amor se devela como la expresión más originaria de la pasión de querer hacer junto a otro, de compartir y vivenciar desde esa alteridad lo que puede ser mutuo o convivible. La finalidad de apego y complemento, identidad y reconocimiento, cambio y composición, dan la posibilidad de que el mundo permanentemente sea una experiencia abierta a los descubrimientos y las satisfacciones. El mundo de los otros es un mundo de sentidos e interacciones que potencia el campo de significación y representación de mi mundo, si permanezco abierto a los sentimientos y los afectos, sin ceder en la autonomía para cambiar en libertad las prácticas de mis valores. Ninguna otra fuerza persuasiva y disidente como la del amor concientizado por la conciencia sensible de los sentires, en su acción pasional, es la determinante para declarar que el actor o sujeto es quien porta los deseos que lo legitiman y accede y concede al otro esa fusión secreta y mística, velada e íntima que habla más de una vez con los signos de los gestos y sonidos que le hacen reconocer la pasión de sus actos. Tocar el mundo a través de mi ser corpóreo, en mi encuentro con el otro, es la condición práctica material de la existencia humana. No es suficiente el vernos o escucharnos, son dimensiones del encuentro que aceptan una lejanía que no se suple con el lenguaje. Se ha dicho reiteradamente hasta agotar el sentido de ciertas palabras, que el “amor es la fuerza que une o mueve al mundo”. Sin embargo, la respuesta es otra pregunta: “¿Cómo eso es posible?” No lo sé, sólo sé que no somos Dioses, ni ángeles, tampoco demonios. En solitario somos eso que nos creemos ser: una consciencia, una existencia, una pasión por amar desde el cuerpo la vida…





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