Por Esther Díaz
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Cuando la luz
comienza a desteñir las sombras que rodean los mandatos se pueden vislumbrar
como relámpagos las prácticas, a veces espurias, que los sostienen. Al iluminar
nuestros orígenes -donde el mito se entreteje con la historia- surgen vestigios
de las llamas que forjaron los inicios y ante nuestros ojos asombrados
desfilan, como en una linterna mágica, asesinatos, estupros, traiciones,
incestos, parricidios y fratricidios. Figuras y conceptos que se podrían
expresar en pocas palabras: hablemos de transgresión.
Miremos hacia
Grecia arcaica. Aparece un rey paranoico, Layo, que ordena asesinar a su
pequeño hijo. El temor era que, que en algún momento, ese puñado de vida
palpitante quisiera deshacerse de él y quedarse con su mujer y con su reino. Si
medimos este acto desde el imaginario actual cabe preguntarse hasta qué punto
el delirio persecutorio del padre no se convierte en mandato irrevocable para
el hijo, ¿Por qué casi todos los ojos psicoanalíticos se iluminan ante la
neurosis de Edipo pero no ven la paranoia paterna? Sea como fuere, el mito
arcaico devino teoría psicológica que en última instancia no deja de ser un
mito del siglo XX.
Veamos otro
caso. La princesa Rea Silvia se enamora de su padre -Numitor- el soberano de
Alba, la antecesora mítica de Roma. Dos gemelos nacieron del incesto. El rey
ordenó asesinarlos. Alucinaba futuras traiciones provenientes de sus
descendientes. El desencadenante de la persecución paterna es similar al de
Layo. Un trenzado de celos y recelos. También estos niños fueron salvados de
manera increíble y, siendo adultos, Rómulo mató a su hermano por una cuestión
de límites. Sabido es que no se debe transitar por encima del trazado de la
ciudad, pero Remo, herido porque los augurios habían dictaminado que la ciudad
se fundara en la colina elegida por su hermano transgredió la norma entre
despechado y socarrón. Rómulo no lo toleró, le hizo pagar con la vida por la
contraversión “municipal”. En cambio él no pagó por el filicidio. Desde tiempos
inmemoriales los grandes imperios, las revoluciones científicas (y las otras) e
incluso las religiones se gestan (y suele conservarse) transgrediendo.
Observemos ahora
el Antiguo Testamento. Según la tradición judeocristiana Caín y Abel pertenecen
a la primera generación de humanos. Caín es labrador y su hermano pastor. El
primero le ofrece al Señor los más prístinos frutos de la tierra: trigo,
legumbres, hierbas olorosas, frutas. Abel por su parte le ofrenda las primicias
de sus crías: cabritos, lechones, mamones. Dios -que evidentemente no es
vegetariano- acepta únicamente la ofrenda del ganadero. Caín, el agricultor, no
soporta el desprecio y enceguecido de celos apela a una excusa poco creíble.
Mata a su hermano por un plato de lentejas. Las consecuencias son de todos
conocidas. Sin embargo Caín a pesar de la ira divina construyó, sembró, fornicó
y tuvo una prole numerosa, fruto de la obvia unión incestuosa con una de sus
hermanas, después de matar al hermano de ambos. No tenía otra posibilidad si
aspiraba al himeneo y a ser el único líder de la primera ciudad terrenal.
Otro mito del
Antiguo Testamento cuenta que un faraón ordena la matanza de todos los niños
judíos que habitan su reino. Teme que los extranjeros le usurpen sus dominios.
La madre de uno de ellos y -poco después la propia hija del soberano-
transgreden el imperativo real y salvan al pequeño Moisés. La desobediencia de
las leyes cívicas fue la condición de posibilidad para gestar uno de los
líderes más importantes del pueblo de Dios. Otra transgresión forzosa si se
considera que posibilitó la reafirmación de una nación.
Contemplemos
por último el Nuevo Testamento. Una muy joven recientemente casada transgrede
la fidelidad matrimonial y, en lugar de fecundar un hijo con su marido, lo hace
con uno de los integrantes del trinomio divino. Esta anomalía no solo no es
condenada. Por el contrario, esa mujer es venerada por los siglos de los siglos
y Jesús, el fruto de la extraña unión, hace milenios que reina espiritualmente
sobre una de los tres monoteísmos vigentes. No comentaré en esta oportunidad
que también ese niño había sido condenado a muerte en una matanza colectiva de
recién nacidos de la que salió indemne. Pero sí es digno de destacarse que la
religión que fundó se sostiene a fuerza de normas violadas o escamoteadas.
Valgan como ejemplo los curas pedófilos.
Profanación, ausencia y exceso
La transgresión
no niega lo prohibido, lo completa. El deseo es la fuente de toda transgresión,
ocupa el volumen histórico que en otros tiempos ocupaba Dios, que ha muerto.
Esta carencia ha enturbiado los parámetros. Dostoyesvski sostenía que si Dios
no existiera todo estaría permitido. Entiendo que más que a la divinidad se
refería a las normas y deberes que estrían el entramado social. Sin reglas la
transgresión no se realiza ni parece posible mantener cierto equilibrio
comunitario sostenido por lo sagrado a veces y otras apuntalado por lo profano.
Valores higiénicos, políticos, morales, económicos, informáticos y de seguridad
ciudadana.
Las
prohibiciones son meras palabras, conceptos consensuados, sostenidos y
controlados por el poder. Si bien esas palabras represoras son performativas ya
que su enunciación produce efectos. Los símbolos, cuando establecen normas,
operan como ideas regulativas de conductas. Por ejemplo, si se establece la
prohibición del incesto en una cultura que lo practicaba “naturalmente”, se
instaura al mismo tiempo la posibilidad de transgredir con esa práctica que,
paradójicamente, hasta ayer no más era “normal”.
Existen
transmutaciones valorativas. Imperativos emanados del discurso religioso que
son cooptadas por el jurídico. Otras provienen del discurso médico y se
impregnan de valores éticos. Pero movilizando cualquier transgresión siempre
está la ilusión de un placer devenido del acto transgresor. El placer es
estirpe del deseo y el deseo -desde su trasfondo mítico y psicológico- siempre
es erótico, placer y desasosiego. Aun cuando se trate de la guerra, el trabajo,
la economía o la familia. Foucault considera que lejos de haber liberado la
sexualidad, nuestra época sin Dios la ha llevado exactamente hacia su límite, a
las fronteras de la conciencia. [1]
Gobernar es más placentero que copular. Metalenguaje
degenerado de la seducción, mezclado con el metalenguaje degenerado de lo
político. Comunitariamente operacional. [2] La sexualidad está imbuida de tabú y es el límite de la ley porque
contiene en sí la totalidad de lo prohibido. El tabú, antepasado de la moral y
del derecho, trata de imponer orden al caos. Su justificación es la armonía del
accionar comunitario. Subyace en nuestras formaciones culturales y se trasviste
de moral, justicia, orden y hasta de leyes científicas. Su funcionalidad
permanece intacta, se trata de la economía del poder racional -o racionalizado-
enfrentándose con el derroche de los sentidos. Sin racionalidad que los
contenga, ley que los amilane, ni poder que los detenga.
Una ley siempre
prohíbe, incluso cuando otorga. Se otorga libertad para que dos personas
contraigan matrimonio legalmente, pero se prohíbe tácita aunque terminantemente
que se realicen matrimonios compuestos por mayor número de personas. Se permite
salir de un país e ingresar a otro, aunque está totalmente vedado hacer uso de
esa ley sin poseer los documentos requeridos. Ley es límite.
La ley y el
erotismo contienen en sí la posibilidad de todas las transgresiones pero
necesitan lo prohibido como condición de su existencia. La sexualidad produce
profanaciones sin objeto, vacías y replegadas sobre sí mismas. No existe un
vaciamiento raigal del deseo, existe más abundancia que carencia. Pulsión,
acción, creación, contienda, frenesí y hasta revolución. A veces crimen pero
siempre acción (material o pensante). La vacuidad de sentido reside en el
objeto, no en el deseo que no deja de excederse. Ese deseo exacerbado que
cuando se enrosca consigo mismo se autoanilquila en el placer. “Simone, cuya conducta
durante la orgía había sido más infernal que nunca no podía olvidar que el
orgasmo imprevisto, provocado por su propio impudor, por los gemidos y por la
desnudez de Marcelle, había superado en potencia todo lo que ella habías
imaginado hasta entonces.” [3]
¿Vacío o exceso?
El término
‘sexualidad’ acaeció en la historia en el momento mismo en que se tomó plena
conciencia de la muerte de Dios. Acontecimiento que se manifiesta en la
modernidad. No porque Dios hubiera muerto recién en el siglo XVIII –ese crimen
se venía perfeccionado desde los comienzos de la filosofía– sino porque la
racionalidad moderna desacralizó los guiñapos de Dios que aun substituían. No
me refiero al Dios de las religiones morales y monoteístas. Ellas nacieron, se
desarrollan y existen sin rastro alguno de sacralidad. Se regodean simplemente
con el cadáver divino y, dentro de ellas, tampoco me refiero a Jesús cuyo
monoteísmo y moralismo lo convierten también en un nihilista. Me refiero al
politeísmo, al ballet de los valores recreados, a lo sagrado como sentido, al
tiempo como enigma, a un presente intermitente y perpetuo, dionisíaco.
Desde que Dios
no está nos movilizamos en pos de su ausencia. La transgresión a la vez que
conjura lo ausente se reduce a su propia pureza, ¿qué significa cualquier
transgresión -por horrorosa y aberrante que sea- comparada con los ilimitados
contenidos que pueden abarcar imaginaciones desbocadas por el deseo, por
cualquier tipo de deseo? La transgresión aplasta al ser contra sus fronteras.
¿Contra qué
dirige la transgresión su fractura y a qué vacío debe la libre plenitud de su
ser, sino a aquellos mismo que ella atraviesa con gesto violento y destina a
ser barrido con el trazo que borra? [4]
El suicidio de la prohibición
La transgresión
es tan fugaz como un suspiro. Tan pronto como se realiza expira y nos enfrenta
con una frontera vedada y destruida. La prohibición, esa marioneta del poder,
existe para ser violada. No hay prohibición que no pueda ser desobedecida.
Incluso a veces permitida o exigida. La fiesta es permitida. [5] Los cuerpos y las almas enfiestadas
se llenan de intensidad. Algo de abre en la fiesta, que es trasgresión
instituida, mientras que el estado de
excepción es transgresión exigida. La suspensión de la ley por la justicia
misma es su autonegación, estado excepción. El nazismo gobernó todo el tiempo
bajo el dominio de ese estado. [6] Los countries y las villas miserias también se sotienen en algo semejante. [7]
La guerra es el
estado de excepción por excelencia. “No matar”. El mandamiento pretendidamente
universal se anula a sí mismo cuando se declara la guerra. Georges Bataille se
refiere a la contradicción del imperativo de no matar matando. El sacerdote, de
cuya boca y escrituras surge la prohibición de matar, bendice con pompa a los
ejércitos que van a la guerra; y les da la bienvenida a los matadores con un
Tedeum solemne si regresan victoriosos.
Las
prohibiciones sobre las que se sostiene la razón no suelen ser razonables. El
reposado y calmo mundo de la razón se apoya en el lodo de la violencia
enardecida. Las leyes prohibitivas terminan imponiéndose a fuerza de terror y
solo el ser racional sabe ejercerlo estratégicamente mediante la guerra, la
punición, la penitencia. La violencia del interdicto no es hija del cálculo
sino de las pulsiones, o del cálculo al servicio de ellas. Arremetida feroz
contra los límites. Sin olvidar que los cimientos comunitarios no solo se
fraguan en la potencian del vacío, en esa misma aleación borbotean los excesos.
Más allá de la ética
Por un
principio de economía en los procedimientos de sometimiento social se suelen
amontonar todo las prohibiciones bajo el manto de la moral. Y por el mismo
principio se hace lo propio con las consecuencias de todas las transgresiones.
Sin embargo es posible pensar la transgresión sin contaminarla con normas
éticas. Un pequeño ejercicio de ontología en el que se intente pensar la
transgresión no en sí misma, pues no tendría razón de ser si no se produjera en
el intercambio humano; sino en el entramado en el que se produce, manifiesta y
permanece. ¿Es posible pensar la transgresión divorciada de lo escandaloso,
perverso o subversivo?, ¿es posible pensarla de manera no negativa?, ¿y
pensarla sin valorar?
Quizás sería
posible si la sustrajéramos del mundo maniqueo de la eticidad bivalente: bueno
o malo, tolerado o discriminado. De modo que, si nos liberáramos del peso del
camello de la metáfora nietzscheana, captaríamos los desbordes en su desnudez
ética. Desde esa perspectiva la transgresión es autoafirmación de una línea de
fuga del deseo. Rómulo consolidando el gobierno de la ciudad. Edipo gobernando
en lugar de su asesino. Numitor poseyendo a su hija y fecundando. La madre de
Moisés arrojándolo a una vida poderosa. Caín rechazando la arbitrariedad divina.
María por siempre reina.
Pensar la
transgresión des-moralizada es descartar los resultados para captar el efímero
instante en que se rompen las barreras y la existencia titila entre el orden y
el caos. Sin culpa. Seducción de la transgresión. Acontecimiento sublime en
sentido kantiano. [8] El intelecto no alcanza a abarcar lo terrorífico, aquello que desborda los
límites. La inmensidad sin concepto. La transgresión afirma la finitud en tanto
le permite asomarse a lo ilimitado como si se abriera por primera vez a la
existencia. Quedarse en la transgresión es desvirtuarla. Toda fosilización es
letal. La transgresión es afirmación que dilemáticamente no afirma ni niega
nada. Reconduce. En la transgresión, los valores éticos son empujados a sus
límites. “Desmoralizados”. Y ahí, despojados de artilugios, pueden ser
cuestionados. No tienen otro estatuto ontológico que su propio cuestionamiento
frente a una transgresión tan desnuda de sentido moral como de altruismo.
Ciega.
Más allá y más
acá de las prácticas, bordeando los límites y en el perímetro mismo que las
abarca, subyacen las palabras. Dice Foucault que el enredo de palabras de donde
también surge la filosofía tal vez no sea una pérdida del lenguaje -tal como
parecía indicarlo la hoy lejana dialéctica- sino más bien la profundización
misma de la experiencia filosófica en el lenguaje. El hallazgo de que la
transgresión es en él y deviene donde dice lo que no puede ser dicho, de que
actúa donde la palabra se lo prohíbe, realizándose en la experiencia del límite
tal como la filosofía tendría que ocuparse de pensarla. [9]
Referencias bibliográficas
[1] Foucault,
Michel, Prefacio a la transgresión,
Buenos Aires, Tribial, 1993.
[2] Baudrillard,
Jean, De la seducción, Madrid,
Cátedra, 1984.
[3] Bataille,
George, Historia del ojo, Barcelona,
Tusquets, 1993.
[4] Foucault,
Michel, ibidem.
[5] Bataille,
George, El erotismo, Barcelona,
Tusquets, 1985.
[6]
Agamben,Georgio, Estado de excepción,
Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2007
[7] Díaz, Esther,
Las grietas del poder, Buenos Aires,
Biblos, 2010.
[8] Kant,
Immanuel, Critica del juicio, Buenos
Aires, Losada, 1993.
[9] Foucault,
Michel, ibídem.

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