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sábado, 3 de marzo de 2012

La Bestia en contra de la Mujer. Por Franz Hinkelammert


En el Apocalipsis, la lucha del ángel Miguel es precedida por la llegada del hijo de la Mujer. Es la Mujer perseguida por el dragón, el cual quiere devorar al hijo apenas nazca y destruir a la Mujer:

“Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su ca­beza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipita sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. La Mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al de­sierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada mil doscientos sesenta días (Ap. 12.1-6)”.

Su hijo es arrebatado hasta el trono de Dios, para volver para “regir a todas las naciones con cetro de hierro”. Es el hijo, que va a regir durante el milenio. Arrebatado el hijo de la Mujer al trono de Dios, en el cielo revienta el conflicto entre Miguel y la vieja serpiente, el dragón, el acu­sador de los hombres frente a Dios, que es Satanás. Derrotada la vieja serpiente, la Mujer es salvada:

“Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persi­guió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón. Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempo y medio tiempo. Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrstrarla con su corriente. Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomi­tado de las fauces del Dragón. Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los manda­mientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús (Ap.12.13-17)”.

Es la Mujer, que está en alianza con la tierra. El dragón la quiere ahogar en un río de agua: “Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del Dragón”.
Después de la expulsión de Satanás del cielo y del surgimiento de la Bestia, aparece otra mujer. Es la encarnación de la Bestia en el Imperio de la Babilonia, que es Roma. Es una mujer sangrienta, ramera, en alianza con la Bestia:

“Entonces vino uno de los siete Angeles que llevaban las siete co­pas y me habló: “Ven, voy a mostrarte el juicio de la famosa prostituta establecida al borde de las grandes aguas. Con ella pecaron los reyes de la tierra y con el vino de su idolatría se emborracharon los habitantes de la tierra. Dicho esto, me llevó al desierto: era una nueva visión. Ahí una mujer estaba montada en una Bestia de color rojo. La Bestia estaba cubierta de títulos y frases que insultaban a Dios y tenía siete cabezas y diez cuernos. En cuanto a la mujer, vestía ropas de púrpura y rojo escar­lata y brillaba con el oro, las piedras preciosas y las perlas. Tenía en la mano una copa de oro llena de repugnantes impurezas de su prostitu­ción. En su frente uno leía su nombre, escrito en forma misteriosa: Babilonia la Grande, madre de las prostitutas y de los abominables ído­los de todo el mundo. Yo observé que esa mujer estaba ebria con la san­gre de los santos y de los mártires de Jesús (Ap. 17,1-6)”.

Sin embargo, cuando es destruida Babilonia ella también es destruida, porque el dragón se vuelca en su contra:

“Entonces vino uno de los siete Angeles que llevaban las siete co­pas y me habló: “Ven, que te voy a mostrar el juicio de la célebre Ramera, que se sienta sobre las grandes aguas. Con ella fornicaron los reyes de la tierra y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución”. Me trasladó en espíritu al desierto. Y vi una mujer, sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfe­mos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba ves­tida de púrpura y escalata, resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su mano una copa de oro llena de abominaciones, y también las impurezas de su prostitución, y en su frente un nombre escrito —un misterio—: “La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abo­minaciones de la tierra”. Y vi que la mujer se embriagaba con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús (Ap. 17.1-6)”.

Esta mujer no está en alianza con la tierra, sino llena de “abominaciones de la tierra”. Por tanto, cuando la Bestia se vuelca en contra de ella, la tierra no le ayuda y perece:

“Me dijo además: “Las aguas que has visto, donde está sentada la Ramera, son pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas. En cuanto a los diez cuernos, y a la misma Bestia, cobrarán odio a la prostituta; la arruinarán hasta dejarla desnuda; comerán sus carnes y la consumirán por el fuego. Dios se vale de ellos para lograr lo que él quiere; con esta in­tención les ha inspirado que pongan sus fuerzas al servicio de la Bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Esa mujer que has visto, es la Ciudad Grande, la que reina sobre los reyes del mundo entero” (A. 17. 15-18)”.

La Bestia persigue a todas las mujeres, estén en contra de ella o en alianza con ella. Es enemiga de las mujeres como tales. En el Apocalipsis aparecen estas dos mujeres. Una mujer se salva; es la mujer que da luz al hijo que es arrebatado al trono de Dios, para regir “con ce­tro de hierro”. La otra mujer, que entra en alianza con la Bestia trans­formándose en la encarnación de ella (Roma), es destruida por la Bestia.
La Bestia, al gritar: ¿quién como Dios?, es enemiga de la mujer en cuanto mujer, sin consideración del lado en el cual ésta se encuentre Eso implica de nuevo, una referencia al Génesis. Al expulsar Dios a la pri­mera pareja humana del paraíso, le dice a la mujer: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar (Gn. 3.15)”.
En el Apocalipsis, se trata ahora de dos mujeres: una, a la cual la Bestia le pisa la cabeza; otra, que le acecha su calcañar. La maldición del Génesis es vista no como condena de parte de Dios, sino como criterio de discernimiento de la presencia de la serpiente. Donde se persigue a la mujer, está la serpiente. Esta impone una maldición a la mujer.

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