En el Apocalipsis, la
lucha del ángel Miguel es precedida por la llegada del hijo de la Mujer. Es la
Mujer perseguida por el dragón, el cual quiere devorar al hijo apenas nazca y
destruir a la Mujer:
“Una gran señal apareció
en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una
corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los
dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el
cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus
cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del
cielo y las precipita sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer
que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. La Mujer
dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de
hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó
al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada
mil doscientos sesenta días (Ap. 12.1-6)”.
Su hijo es arrebatado
hasta el trono de Dios, para volver para “regir a todas las naciones con cetro
de hierro”. Es el hijo, que va a regir durante el milenio. Arrebatado el hijo
de la Mujer al trono de Dios, en el cielo revienta el conflicto entre Miguel y
la vieja serpiente, el dragón, el acusador de los hombres frente a Dios, que
es Satanás. Derrotada la vieja serpiente, la Mujer es salvada:
“Cuando el Dragón vio que
había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al
Hijo varón. Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para
volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada
un tiempo y tiempo y medio tiempo. Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como
un río de agua, detrás de la Mujer, para arrstrarla con su corriente. Pero la
tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado
de las fauces del Dragón. Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer
la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y
mantienen el testimonio de Jesús (Ap.12.13-17)”.
Es la Mujer, que está en
alianza con la tierra. El dragón la quiere ahogar en un río de agua: “Pero la
tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río
vomitado de las fauces del Dragón”.
Después de la expulsión de
Satanás del cielo y del surgimiento de la Bestia, aparece otra mujer. Es la encarnación
de la Bestia en el Imperio de la Babilonia, que es Roma. Es una mujer
sangrienta, ramera, en alianza con la Bestia:
“Entonces vino uno de los
siete Angeles que llevaban las siete copas y me habló: “Ven, voy a mostrarte
el juicio de la famosa prostituta establecida al borde de las grandes aguas.
Con ella pecaron los reyes de la tierra y con el vino de su idolatría se
emborracharon los habitantes de la tierra. Dicho esto, me llevó al desierto:
era una nueva visión. Ahí una mujer estaba montada en una Bestia de color rojo.
La Bestia estaba cubierta de títulos y frases que insultaban a Dios y tenía
siete cabezas y diez cuernos. En cuanto a la mujer, vestía ropas de púrpura y
rojo escarlata y brillaba con el oro, las piedras preciosas y las perlas.
Tenía en la mano una copa de oro llena de repugnantes impurezas de su prostitución.
En su frente uno leía su nombre, escrito en forma misteriosa: Babilonia la
Grande, madre de las prostitutas y de los abominables ídolos de todo el mundo.
Yo observé que esa mujer estaba ebria con la sangre de los santos y de los
mártires de Jesús (Ap. 17,1-6)”.
Sin embargo, cuando es
destruida Babilonia ella también es destruida, porque el dragón se vuelca en su
contra:
“Entonces vino uno de los
siete Angeles que llevaban las siete copas y me habló: “Ven, que te voy a
mostrar el juicio de la célebre Ramera, que se sienta sobre las grandes aguas.
Con ella fornicaron los reyes de la tierra y los habitantes de la tierra se
embriagaron con el vino de su prostitución”. Me trasladó en espíritu al
desierto. Y vi una mujer, sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta
de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer
estaba vestida de púrpura y escalata, resplandecía de oro, piedras preciosas y
perlas; llevaba en su mano una copa de oro llena de abominaciones, y también
las impurezas de su prostitución, y en su frente un nombre escrito —un
misterio—: “La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones
de la tierra”. Y vi que la mujer se embriagaba con la sangre de los santos y
con la sangre de los mártires de Jesús (Ap. 17.1-6)”.
Esta mujer no está en
alianza con la tierra, sino llena de “abominaciones de la tierra”. Por tanto,
cuando la Bestia se vuelca en contra de ella, la tierra no le ayuda y perece:
“Me dijo además: “Las
aguas que has visto, donde está sentada la Ramera, son pueblos, muchedumbres,
naciones y lenguas. En cuanto a los diez cuernos, y a la misma Bestia, cobrarán
odio a la prostituta; la arruinarán hasta dejarla desnuda; comerán sus carnes y
la consumirán por el fuego. Dios se vale de ellos para lograr lo que él quiere;
con esta intención les ha inspirado que pongan sus fuerzas al servicio de la
Bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Esa mujer que has visto, es
la Ciudad Grande, la que reina sobre los reyes del mundo entero” (A. 17. 15-18)”.
La Bestia persigue a todas
las mujeres, estén en contra de ella o en alianza con ella. Es enemiga de las
mujeres como tales. En el Apocalipsis aparecen estas dos mujeres. Una mujer se
salva; es la mujer que da luz al hijo que es arrebatado al trono de Dios, para
regir “con cetro de hierro”. La otra mujer, que entra en alianza con la Bestia
transformándose en la encarnación de ella (Roma), es destruida por la Bestia.
La Bestia, al gritar:
¿quién como Dios?, es enemiga de la mujer en cuanto mujer, sin consideración
del lado en el cual ésta se encuentre Eso implica de nuevo, una referencia al
Génesis. Al expulsar Dios a la primera pareja humana del paraíso, le dice a la
mujer: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él
te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar (Gn. 3.15)”.
En el Apocalipsis, se
trata ahora de dos mujeres: una, a la cual la Bestia le pisa la cabeza; otra, que
le acecha su calcañar. La maldición del Génesis es vista no como condena de
parte de Dios, sino como criterio de discernimiento de la presencia de la
serpiente. Donde se persigue a la mujer, está la serpiente. Esta impone una
maldición a la mujer.
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