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domingo, 26 de febrero de 2012

Acerca del yo, del otro y el nosotros. Por Álvaro Márquez-Fernández



El yo cartesiano, renuncia, en procura de una razón absoluta que le permita conocer el mundo en sus partes, a la relación existencial en la que se encuentra inevitablemente la razón humana en su comprensión de una realidad de la que no puede estar excluida, sino, más bien, incluida, en cuanto que la razón deviene en su relación con el pensar en una condición de ser del pensar por la existencia.

Suponer la pre-existencia del pensar sin la condición material de la vida de la razón, es decir, la historia del ser puesto en el mundo, al estilo de Heidegger, implica negar cualquier posibilidad al sujeto pensante de hacerse una realidad existencial en su condición de razón cognoscente. El yo cartesiano tiende a invalidar y suprimir esa acción propia del pensamiento que es el acto de constitución real del mundo como objeto de existencia, respecto al pensamiento, pero también en su relación con el sujeto. La intelección racional del mundo, sin necesidad de quedar separado formalmente en ese acto; es, precisamente, la mediación entre pensar y mundo pensado, a la vez que el pensamiento ejecuta y responde a la acción del sujeto que accede al mundo para convertirse éste en parte de un sujeto de vida y en una vida humana[1].

Esa fuerza de génesis ontológica de la realidad, es decir, del ser que se hace mundo a través de la existencia, demuestra la capacidad ontocreadora de la razón para hacer del hombre un ser humano en el mundo. No es posible pensar en una razón lógica que piense abstractamente el ser sin interesarse por el contexto de existencia donde éste es. El esfuerzo metafísico de ir más allá del ser que existe, es un intento fallido de la razón cartesiana por forzar un concepto sustancial de razón que nos permita conocer la universalidad del ser sin sus particularidades ontológicas. La razón que se abre al mundo lo hace fenomenológicamente, y en ese sentido la razón queda inevitablemente situada en una relación de estar abierta a eso en lo que el mundo se convierte como realidad consciente de nuestra presencia. La constitución del yo cartesiano no puede permanecer aislada a esta relación de su existencia con la realidad, intentar su negación es precisamente desprender de la realidad ontológica la manifestación posible y expresa del sujeto que piensa, y que requiere de una dimensión concreta y material para estar en el mundo. Y esa dimensión de realización del ser para que se haga, es captar al yo como un yo-de-sí, sin el que no es posible que se de la necesaria conciencia de mí ser para que el ser que soy pueda abrirse a lo otro que no es[2].

Del yo formal y lógico cartesiano, debemos pasar al yo material y existencial, para que pueda quedar afirmada la impresión de la razón como, y es obvio, la primera instancia por medio de la que es posible conocer el mundo que se origina y hace desde el sujeto que piensa y se piensa a sí mismo, pero en un proceso que ontológicamente está marcado por la realidad existencial que le permite al ser llegar a hacerse. Sin esta relación, la postura cartesiana no hace otra cosa que indagar sobre el significado universal de la razón, sin considerar la recurrencia ontológica en la que todo proceso y acto racional se origina y concluye en un ente.

No puede darse una sujeción formal que predetermine la existencia del ser únicamente a un yo unitario a la vez que universalista. Del yo a mi otro yo del que mi yo es su representación y actualidad, no es posible plantear la reducción del yo del mundo al mundo de mi yo, puesto que eso equivaldría a una identidad y una equivalencia entre uno y otro, que disminuiría la presencia del yo en su referencia ontológica para estar con su ser otro que lo re-significa y da sentido ontológico. La idea cartesiana del yo es ampliada por la contingencia del yo mundano y existencial, que indaga y explora su comprensión desde esa dimensión de su ser que se le opone, niega y contradice, que lo abre hacia un no ser unidad sino pluralidad, hacia un no ser monológico, sino dialógico. Hacia un mundo y su realidad que es pensado desde la palabra a través de la que el mundo como lo otro de mí me hace y se realiza de múltiples formas y posibilidades.

Es imposible ser sin alteridad, sin dejar de considerar que en el mundo de la existencia la dimensión de estar de los seres es compleja y diversa. El ser no puede ser comprendido como mero objeto de ser. Su comprensión implica entender que la realidad del ser porta un movimiento que lo hace otro, porque de alguna manera al no poder entenderse como algo que es idéntico a sí mismo, entonces, el ser se abre en el mundo para ser otro, con otro, desde otro[3]. El otro que es con respecto a mi yo, al yo que soy, es necesario descubrirlo y hacerlo presente. En un primer momento el yo de mí yo, es mi conciencia.

La conciencia que me hace dar cuenta de lo que soy; sin embargo, en un segundo momento, la aparición de esta conciencia se debe a la exigencia que procura el yo de mi ser para saber lo que soy, y en ese sentido, ésta otra conciencia es una autoconciencia que deviene de un orden de vida en el que mi yo deberá estar situado. La presunción de que el yo es un yo de situación, siempre implica que la conciencia de éste se construye no de sí misma en cuanto tal, sino de él en cuanto que está referida por el sujeto y su entorno de vida. La insurgencia de la conciencia de un yo de sí mismo, resulta de la relación del sujeto en su acción o praxis humana frente al mundo que se le presente a los ojos y lo desafíe en su libertad[4]. La construcción de esa otra conciencia, la de mí, está mediada por las condiciones subjetivas de las condiciones de vida del sujeto en su interacción con otros.

Precisamente, porque es capaz de pensar-se a sí mismo desde ese espacio en el mundo en el que está como actor del pensamiento; es decir, como un ser que se vale de su racionalidad para pensar y para entender que la razón se corresponde al pensamiento porque lo hace consciente de lo que es; es decir, de su ser y estar. El mundo como presencia simbólica y fenomenológica de la razón, es un mundo humano, que se constituye y construye por medio de la relación entre pensamiento-razón y conciencia de la realidad. Y desde esta relación, lo que siempre es el otro en su horizonte del ser, es apertura e infinitud, descubrimiento y originalidad. Pero el ser y el otro no es simplemente una relación cognoscitiva neutra y abstracta del pensamiento con la realidad al estilo cartesiano. Es mucho más que eso. Es una relación en la que el pensamiento se abre al mundo no solamente como la idea del mundo; sino como habla del mundo.

La interacción del pensamiento con el mundo de la existencia y del ser que vive, el sujeto, el hombre, es expresiva y comunicativa[5]. Ya existir no es solamente pensar, sino que es imprescindible estar e interactuar lingüística y comunicativamente con el mundo al que el habla enuncia, designa, refiere, significa, lo hace dación y evidencia pragmática. La aparición del mundo del ser y del otro como una realidad de la existencia, sin la que no es posible el ser yo-mismo y el ser de los otros, constata la posibilidad de la existencia en su dimensión ontológica real. El ser siempre se presenta desde la otredad, es su condición para llegar a ser. Lo contrario es considerar el cierre del universo relativo de la ontología, de su devenir. Ser es estar siendo desde uno y desde el otro o los otros. El ser y nuestra conciencia del yo y de mí, porque el ser transcurre a través de la diversidad y aquello que es externo a él. Lo otro, y el otro, son dos dimensiones de una misma realidad. La del yo que piensa y se hace a través de mi conciencia en algún tipo de realidad, y la del yo que puesto ya en su pluralidad de yoes, regresa del universo del otro, donde el yo se origina y recrea en su diferencia, pero que a su vez es correlato del mío y que debo saber aprehender para vivir y convivir. La salida del yo que es, hacia el otro; el regreso del otro hacia el yo que no es, implica un recorrido dialéctico donde ambos quedan relacionados y transformados en sí mismos.

Esta relación no es puramente formal-racional sino vivencial-existencial: Es decir, el universo donde mi yo y el yo del otro, reunidos por la alteridad que nos convoca, entonces, nos convierte en un nosotros que es mucho más que ambos. El habla, el decir, el comunicar, es el destino de ser para el Ser. No puede haber ser sin habla. Se habla para reconocer y descubrir al ser en lo que es y no es. En eso que tiene de inmanencia y trascendencia. En las condiciones ideales y materiales que le sirven al ser que piensa para convertirse en un sujeto que actúa, que se vuelve una realidad. Y es un ser mismo y para el otro, liberado de su unidad para hacerse en una pluralidad. En una condición humana y material en la que el ser que existe está vivo, lo es y está por la relación que logra producir y contestar por su medio y el de los otros. Sin éstos, nada y nadie es posible y real.

Entre unos y otros, entre mi yo y el tú, es que se despliegan las interacciones donde se teje y trama la realidad y su presencia ontológica, la comunicación que le da sentido a la relación que se establece entre ellos. De esa relación comunicativa de habla y de diálogo se alimentará la alteridad, es decir, ese ser de la diferencia entre unos y otros, que se irá abriendo de más en más hacia la libertad y la justicia a la que todos, ese nosotros, aspiran[6]. Considera Manuel Maceiras Fafián, que frente al yo, el otro es, según Ricoeur[7], solicitación de iniciativa, de acogida y de discurso comunicativo, presidido por la reflexividad entre interlocutores que responden ambos en primera persona.

Discurso y voluntad comunicativa que asignan a la responsabilidad de uno y otro la obligación de reconocimiento mutuo por encima de su ego individual. En efecto, la identidad personal no es inteligible como un yo mismo (idem) que otorga sentido al otro desde su propia individualidad acabada y autosuficiente. Por el contrario, ella es consecuencia de la reflexividad puesto que cada ser humano se realiza como un sí mismo (ipse) a través del compromiso en obras, proyectos y empeños reales en los que el otro aparece como condición necesaria. No es, pues, definible como identidad (idem) en primera persona, sino como ipseidad (ipse) en tercera persona, en cuanto que el ipse adquiere sentido sólo a través de la mediación de los demás pronombres personales: yo, tú, él. Por eso la síntesis ética de Ricoeur se cifra en el ideal de vida buena, vivida en y con los demás en instituciones justas, considerándose cada uno a sí mismo como si fuere otro [8].

Mi yo se abre al tú, el tú a él, todos a un nosotros, y en ese mismo proceso donde un abrirse es un abrir a los demás, los otros quedan insertos, asimilados, contextualizados, en las acciones, los proyectos, las vidas, compartidas que van haciendo gestar los perfiles y horizontes de vidas unidas y comprometidas con fines comunes aunque con intereses divergentes. No se trata de crear una unidad de síntesis ontológica que contenga reductivamente a través de un yo posesivo, racional y universal, los valores y prácticas intersubejtivas de quienes componen el conjunto de la heterogeneidad social[9]. Se intenta acceder al otro desde un yo-mismo que es el referente de inicio y que por esta condición de partida es origen y acto de creación de la relación que se propone, en cada quien, en cada uno, acá está la aproximación hacia el otro, con la intención de comprender quién es y cómo es ese quién que está frente a nosotros, a éste uno, éste soy que soy por el ser de los otros. Entonces, lo que nos aproxima es el interés de conocer-nos desde la cultura donde residimos hacia un encuentro que la amplíe. El encuentro con el otro mientras más próximo es, nos hace más un nosotros que comparte y es solidario con los propósitos, proyectos y fines que son desconocidos y comunes. Nadie es objeto y cosa de alguien, menos aún, puede ser considerado bajo el dominio o el poder de uno o un grupo. Porque se da una relación de compromiso y responsabilidad en la que el otro siempre lo es desde una libertad en la que puede darse el reconocimiento de su particularidad y universalidad.



[1] Garber, D (2002). El puente roto. Temas y problemas de la filosofía de Descartes. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana.
[2] Bajtín, MM (2000). Yo también soy. Fragmentos sobre el otro. Trad. Tatiana Buhnova. México, Taurus.
[3] Lévinas, E (1991). Entre nous. Essais sur le penser-a-l’autre. Paris, Grasset & Fasquelle.
[4] Galíndez, M (2000). Una alteridad constitutiva del Sí-mismo. La hermenéutica de Paul Ricoeur, vía larga de recuperación del sujeto. Valencia, Ed. E Ilustrado, Universidad de Carabobo, Dirección de Cultura.
[5] Nicol, E (1989). Metafísica de la expresión. México, FCE.
[6] Milovic, M (2004). Comunidad y diferencia. Granada, Universidad de Granada, Biblioteca de Bolsillo.
[7] Ricouer, P (1996).  Sí mismo como otro. Trad. Agustina Neira Calvo y María Cristina Alas de Tolivar. España, S. XXI.
[8] Maceiras Fafían, M (1999). “Reciprocidad y alteridad”. Prólogo a: Ricouer, P. De otro modo. Lectura de otro modo que ser o más allá de la esencia de Emmanuel Lévinas. Barcelona, España, Anthropos, p. XI.
[9] Sidekum A (Org.)  (2003). Alteridade e multiculturalismo. Ijuí, RS, Brasil, Editoria Unijuí.

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