Por Michel Onfray
La prodigalidad es una virtud de artista. Me fascina tanto
como me disgustan la avaricia y la economía. Por otra parte, se podría definir
al burgués como el ser radicalmente incapaz de gastar, sin quedar destruido por
la contrición o carcomido por el remordimiento. El arrepentimiento lo invade en
cuanto se desprende de sus ducados, y no conoce otra manera de redimirse que
volver una y otra vez al trabajo. Acumular, atesorar, tener y poseer: no se
cansa de amontonar dinero, confeccionar tesoros y calcular beneficios y
dividendos. Su alma es la de un contador: de noche, sueña con libros contables
y alcancías, carteras de acciones y riquezas que rinden.
No siento más que desdén por la parábola de los talentos, y el
hijo pródigo sólo me gusta mientras dilapida. El usurero, el banquero, el
gerente, el economista, son figuras afectadas de la burguesía, que se define
por lo que tiene, ya que sólo es lo que posee. Pero resulta que vivimos en una
era esencialmente dominada por esa clase de gente. Imagino para esa ralea una
geografía parecida a los lugares utópicos de Tomás Moro, donde el oro sirviera
para fabricar escupideras, o cadenas para sujetar a los esclavos. ¡Lenin
anunció que la victoria de la revolución bolchevique sería total el día en que,
cubriendo ya el conjunto del planeta, permitiera, según sus deseos, construir
iningitorios públicos de oro en las calles de las ciudades más grandes del mundo!
Llegó la hora del triunfo -presentida ya por Baudelaire- del
dinero de los burgueses sobre la imaginación de los poetas. Junto con el amante
de los paraísos artificiales, reprobemos la época que permite que los ricos se sirvan
poetas asados en cada uno de sus almuerzos. Pero no por eso debemos rendirnos
ante las viejas lunas de los mañanas que cantan y las revoluciones de futuros radiantes.
Lejos de los deseos de apocalipsis que se vuelven realidad, limitémonos a
admirar las figuras del derroche las que disfrutan practicando la ética
dispendiosa, las que tienen entre sus ancestros al hijo pródigo antes de su
arrepentimiento.
Dante me cansa con sus lecciones perpetuas, él que promete a
los pródigos los trabajos de Sísifo, sometido sin cesar a la carga de enormes
pesos que debe desplazar indefinidamente. Ocupados en esas tareas ingratas, los
pecadores insultarán y recibirán también su cuota de agravios. Los más
moderados en el gasto sólo tendrán la perspectiva del purgatorio, donde
expiarán, acostados, inmóviles, con los pies y los puños atados, y la cara hundida
en la tierra que son culpables de haber celebrado demasiado. Nietzsche tiene,
pues, mucha razón al invitar a amar la tierra y nada más. Yo espero que en las
comarcas infernales, el enamorado de Beatriz se esté asando a fuego lento, o se
cocine en una sopa verdosa cuyo secreto conocía, por haber desviado a los
hombres de lo que da valor a una vida. Porque hay que ser pródigo, e incluso
dispendioso con la prodigalidad.
Hay un profundo amor por el desorden en quien prefiere el derroche
al ahorro; una voluntad deliberada de elegir a Dionisios contra Apolo, una vez
más. Despilfarrar, consumir y consumar, dilapidar, derrochar, tiene que ver con
la desmesura, la fuerza que busca desbordar, la fiesta. La donación no agota la
riqueza que la hace posible, porque, dentro de esa lógica de expansión, como
por generación espontánea, el derroche es inmediatamente seguido por una nueva
disponibilidad para una nueva donación. El despliegue y la disipación instauran
una relación con el tiempo eminentemente singular: el instante basta para el
consumo, y adquiere así una densidad ignorada en otras oportunidades. Allí
donde fluye, sabiamente cronológico, sin variaciones de intensidad, cómplice
del burgués para quien representa la posibilidad del dinero, sólo es duración
mensurable, cantidad apreciable. En cambio, en la dilapidación, provoca
momentos intensos, rebosantes de sentido. Picos y cimas. La calidad de la
emoción no tiene igual, toda la eternidad parece haberse concentrado en el
fragmento de tiempo que transcurrió en coincidencia con el gesto. Punto contra
línea, pasión contra indiferencia: el dispendioso es un artista del tiempo.
La ética del derroche es centrípeta, implica la desintegración
y la producción de fragmentos, lo diverso y lo múltiple. Esas densidades
materializadas, cristalizadas, constituyen puntos, pero el conjunto de la
operación es dinámico. Presupone una voluntad de movimiento, un consentimiento
a los flujos y a los ríos. De ahí el heraclitismo del dispendioso, que prefiere
la movilidad, que se inclina por la circulación con el objeto de producir oportunidades
para una mayor probabilidad de gasto. No ignora que su vida se inscribe en una
perspectiva dialéctica. Más allá de la ontología o de la metafísica, sabe que
su único capital es su propia vida, que ella no durará eternamente, que ya es
limitada en ese momento. Y, sabiendo esto, su entusiasmo es directamente proporcional
a su aprecio por el extremo valor de lo que no dura. La muerte confiere precio,
establece un sentido.
Absolutamente nómada, el hombre del derroche goza con la circulación,
el flujo, pero experimenta, al mismo tiempo, que su placer es consustancial con
el movimiento que lo permite. No es en la naturaleza del derroche, sino en el
hecho de haber efectivamente dilapidado, donde reside la quintaesencia del
goce. El fuego que consume no apunta a la ceniza, sino a la energía liberada, la
magnificencia de la luz que llamea. El fogón como ambiente, el resplandor como
modo de aparición. Lo que desea el pródigo, es la metamorfosis de su propia
existencia en territorio que permita la experimentación para miríadas de
actualizaciones. Lo probable se torna efectivo y real por medio del derroche, que
es un modo de revelación.
La antítesis del artista dispendioso es el burgués,
indefectiblemente parmenidiano. Le encanta el arraigo, le gusta eternizarse en
el mismo sitio, echar toda clase de raíces. Por poco se haría lector de Deleuze
y se pondría a regar los rizomas que le permitieran realizar los pocos
movimientos que es capaz de hacer: los del vegetal que se mueve el mínimo
indispensable para alcanzar el alimento que está al alcance del bulbo. Por un
lado, el animal que amplía su territorio y recorre diferentes comarcas; por el otro,
la planta atornillada al lugar que la produce. Sedentario perpetuo, desarrolla
un orgullo de linaje, de los ancestros, un culto al árbol genealógico. Los
valores que alienta y enseña son los que legitiman su preferencia por el suelo.
Y porque le permiten justificar el repliegue sobre sí mismo, los convierte en
los únicos puntos de referencia posibles. Tradición, fidelidad, costumbres y
hábitos: necesita variaciones sobre el tema de la repetición. Cuando tiene
veleidades políticas, se encuentra del lado de los promotores de la sangre, el
suelo, la raza y el arraigo. Vivir y construir en su región. Permanecer en los
lugares que fueron de sus padres y sus maestros, nunca aspirar a otras
virtudes, otros valores: quiere ser un residente. Y lo consigue.
Prudente, administra sus bienes, su vida, su existencia como
un economista, como un propietario eterno de bienes inmortales. Los años que
tiene para vivir, su cuerpo, que no conservará la eficacia que muestra antes de
los primeros signos de decadencia, el tiempo, que no es infinitamente
extensible, cada segundo es considerado como un capital amorfo, inaccesible a
la amenaza de la muerte. El burgués vive como si nunca tuviera que morir, como
si hubiese sido elegido, contrariamente a los demás, para una vida eterna. El Un
parmenidiano le cuadra perfectamente, es el modelo de sus bienes: fuera del
tiempo, fuera del espacio, quieto, terminado, ignorando la pasión, el
movimiento, indivisible, eterno, esférico, por ser una forma perfecta
inaccesible a las modificaciones provenientes del exterior. Sin nacimiento ni muerte,
inmóvil, siempre igual a sí mismo y en plenitud, el burgués es, en la
más insolente manera de existir. Tiene suerte, porque está en una relación
ontológica con sus bienes, y ni siquiera lo sabe. Su pulsión esencial es
bovaryana: es por ella que puede perseverar así en su manera de ser, aunque
cometa un error de apreciación creyendo que durará, como si fuera un eón.
Su ardor se manifiesta enteramente en la voluntad de
considerarse distinto a lo que es. Allí donde triunfa Heráclito, él prefiere a Parménides;
donde campean la muerte, la tragedia y la entropía, él persiste en ver la
eternidad, la inocencia y la neguentropía. Adora el dinero, el oro, las
riquezas y los bienes materiales como si fueran Dios, en contra de la risa, el
derroche, la pasión y la vida fulgurante del artista. El primero cree que es
cuando tiene; el segundo es cuando derrocha.
Para construir inmovilidad, para generarla, el burgués
dispone de medios, instancias e instrumentos. Enarbola las virtudes, las asocia
con ciertas lógicas y asegura su promoción en lugares donde funcionan
impresionantes máquinas de producir lacayos. Por ejemplo, el Trabajo, la
Familia y la Patria, instalados en un taller, una fábrica, un lugar fijo, un
suelo, que sojuzgan cuerpos y almas, vitalidades y libertades, a puestos donde,
ante todo, hay que obedecer. El objetivo es la inmovilización, el culto de la
reproducción, la genealogía de hábitos. Contra esas empresas destinadas a
paralizar el flujo heraclitiano, el artista opta por el ocio, el celibato y la
deserción. Su figura predilecta es el Rebelde porque detesta todo lo que
encierra, clausura, fija residencia.
La voluntad estética aspira a la obra abierta: su naturaleza
presupone que se renueva cada vez que se la observa. Jamás terminada, siempre
en movimiento, obedeciendo incesantemente a nuevas exigencias, en ningún
momento se detiene. Es, como el río del filósofo de Éfeso, un flujo, un caudal
determinado por la dinámica. Toda tentativa de aprehenderla es inevitablemente
imperfecta, fragmentaria. El propósito de esa clase de producción deriva del
concepto de derroche. Se trata de medir las cantidades y sus circulaciones:
cantidades de energías, fuerzas, vitalidades, potencias. La obra abierta que es
la vida del Condottiere permite seguir, sin posibilidad de detención
definitiva, el destino de las grandezas de excitación, para obtener su
cartografía. Al menos, un intento de simulación de rastros y trayectos, con el
objeto de obtener un conjunto de
superposiciones, de cristalizaciones, que sólo valen para un tiempo dado en un
momento dado. Las topografías son indicativas, y muestran los sentidos, las
intensidades, los desplazamientos. También se pueden leer tendencias: carga,
descarga, economía, gasto, ahorro, derroche. Este interés por una economía
nueva entraña la permanencia de la noción de administración, o del empleo
adecuado de una cantidad
particular, en este caso, de las fuerzas que amenazan desbordar. En otros
tiempos, tanto Jenofonte como Aristóteles hablaron sobre las relaciones entre
su ciencia económica y lo doméstico, el arte del hogar. Después de Freud y
Bataille, no podemos ignorar la extensión de la disciplina, las auroras que posibilita
y las salidas del laberinto que se le podría atribuir. Economía generalizada
contra economía restringida, economía libidinal contra economía de las riquezas
materiales: se trata de intentar seguir los rastros de los gastos excesivos,
porque allí está el signo manifiesto de la vitalidad expansiva.
La obra abierta presupone riqueza y
profusión del temperamento. Es imposible imaginarla en un individuo que carezca
de salud, exceso y abundancia. La donación y la prodigalidad definen la
constitución de aquel que la produce. Si la rutina puede definirse como una
voluntad sin objeto, podemos estar seguros de que el Condottiere ignora esa
perspectiva: la apertura de la obra en la que trabaja, implica, por el
contrario, trabajo y afán estético perpetuos. Para crear nuevas posibilidades
de vida, para magnificar el instante y construir situaciones en las que el
desborde sea manifiesto y magnífico, hay que aceptar la fuerza que despeja los
caminos. Entonces se ofrecen perspectivas en abundancia, se multiplican las
probabilidades, y las vías que se pueden emprender a través del exceso son cada
vez más numerosas. La existencia se transforma en el rastro que deja el signo
elegido: la prueba de que, entre todas las combinaciones posibles, esta, antes
que ninguna otra, triunfará y conferirá energía en esta forma, y no en otra. De
ahí la excelencia del triunfo que se manifiesta en la elección de un trayecto
en medio de un laberinto. La vida se resume en la colección de esos rastros
vencedores. Cuanto más dispendiosa es una ética voluntarista, más aumenta las
posibilidades de cristalizaciones logradas. El hedonismo como fin es
indisociable del proyecto de derroche, siendo este sólo un medio.
En la antigua lógica de lo Mismo y lo
Otro, que podría reactualizarse con la que opone Repetición y Diferencia, el
dispendioso está, evidentemente, del lado de lo Otro y de la Diferencia. No
existe Condottiere sin una pasión de Conquistador. Al artista le gusta
descubrir nuevos continentes, tiene la pasión de los
mundos desconocidos, donde quien así lo desee pueda instalar -jamás en contra
de los que ya se encuentran allí- una manera diferente de vivir, de mirar a los
demás e integrarlos en sus proyectos. Territorios sin histerias permitirían un
afán hedonista. Allí no tendrían sentido los burgueses, al menos los que piensan
en la acumulación, la inmovilidad y el repliegue sobre sí mismos. Sea como
fuere, un sedentario nunca descubrirá tierras lejanas. Esa es la tarea de los
nómadas que van y vienen, experimentan y gozan con la obra que practican. El
oro vuelve pesados a los inmóviles y convierte sus riquezas en cadenas. El
peregrino no tiene ningún obstáculo que lo detenga, su destino está librado a
todas las fantasías, sus caprichos no están condenados a quedar como letra
muerta. Su área es la de la ontología, ciencia nueva, arte del ser. Por eso
está cerca de los poetas, los filósofos, los santos, los genios y los héroes:
todos ellos tienen en común una irrefrenable sed de ser, a la que sacrifican
cualquier obsesión por tener. La belleza, la sabiduría, el saber, el éxtasis, la
embriaguez, el autodominio, el arte de domar y moldear las partes malditas, son
todas obsesiones de quienes desprecian a la burguesía. El artista trabaja por
un absoluto de enamoramiento.
La voluntad dispendiosa exige el gusto por lo aleatorio,
como en las obras de John Cage. Confianza ciega en lo que debe ocurrir, saber
radical y un poco oriental: como no se puede evitar la necesidad, más vale
desearla, salirle al paso. Lo imponderable, por ser una certeza, forma parte de
las combinatorias: es el juego entre los elementos sin el cual o bien la
fricción condenaría absolutamente todo movimiento, o bien la aceleración,
aunque contraria, produciría los mismos efectos. El azar permite lo
imperceptible con lo que siempre se hace lo esencial. Por otra parte, la
habilidad con el kaíros sólo puede concebirse en las vibraciones que
produce lo aleatorio. El sentido surge a menudo de los intersticios, de los
milímetros que separan las situaciones entre sí, del polvo que danza más allá
de la razón y el lenguaje, mucho más allá, incluso, de lo que es inmediatamente
perceptible. El azar es la mirada en esa dirección, en ese momento, y no en
otra; es una presencia, en ese lugar, y no en otra parte, en ese instante, y en
ningún otro momento; es un silencio demasiado largo cuando se espera el chispazo
de una respuesta que no llegara y dejará abierta todas las hipótesis. En todo
caso, lo aleatorio manifiesta la facticidad y la contingencia con las que hay
que contar como elementos ineludibles.
Me gusta recordar que la etimología árabe de azar designa, bajo
esa palabra, el juego de dados, del que sabemos, a partir de Mallarmé, que
jamás abolirá... el azar. Es accidental, la negación de las causalidades
simples que pretenden mostrar una realidad límpida y transparente. Advierto
aquí el encuentro caótico y gracioso de todos los determinismos que se
despliegan, como serpiente al primer sol. Lo aleatorio muestra la omnipotencia
del desorden en el seno del mundo, y en medio de nosotros mismos, mundos dentro
del mundo. Anarquía gozosa, embriaguez y júbilo. No existe obra abierta sin
esta poética de la indeterminación con la que es preciso transigir. La
variación es libre, somos más o menos responsables de ella, pero el tema es
impuesto. El artista es cómplice de las fuerzas que están en juego, está frente
a ellas como el domador frente a la energía que surge del animal: metafísicamente
incapaz de reducirla, pero también, y sobre todo, proveniente de una técnica de
poder, de dominio. Que puede fracasar. Con el riesgo de hacerlo enfurecer. Nada
es definitivo, el peligro siempre está presente. Y está bien que así sea.
El nómada está cerca de lo que los surrealistas llamaban el azar
objetivo Caminatas a pura pérdida,
vagabundeo y confianza: lo maravilloso nunca deja de satisfacer a quien sabe
esperar. Bromista, además, es más rutilante cuando menos se lo espera. Nunca
hay que observarlo atentamente, porque desaparecerían las potencialidades bajo
la angustia y la ofuscación. Es mejor abandonar el alma a los leves movimientos
del azar, convocar el acontecimiento con una benevolencia lejana, muy lejana.
No consentir a las tensiones, a los nudos, a las crispaciones. Más bien actuar
relajadamente, con un nomadismo inocente e ingenuo. Las combinatorias son
demasiado numerosas para que no haya, muy pronto, sorpresa y embeleso. Gastar
el tiempo, derrocharlo y abandonarlo sin hacer cálculos. Las revoluciones
siempre son provocadas por cantidades infinitesimales. Poco, pero lo necesario.
No hay transvaloraciones sin ironía del destino. Largos y valientes ardores han
sido sancionados con un gran vacío ontológico, mientras que una disponibilidad,
totalmente compuesta de derroche a pura pérdida, basta para colmar abismos. Así
se mezclan ética y estética: no otra cosa es la vida poética, sino ponerse a
disposición para los millones de hechos que horadan permanentemente la
realidad. Miríadas, profusiones, vuelven como retribución.
Nada más regocijante que lo imprevisto, que siempre
desconcierta al burgués. Una ética dispendiosa implica ponerse en estado de
gracia respecto de la vida que nos rodea. Es, en realidad, una modulación del amor
fati nietzscheano, pero sin la carga de amor obligado o necesario. No se
trata de amar el propio destino, sino de dejarlo actuar por nosotros, antes de
poder reagrupar las fuerzas para inducir el movimiento. Como el virtuoso en artes
marciales, el Condottiere utiliza los poderes destinados a desestabilizar, para
construir su equilibrio. Todo riesgo potencial se convierte en una nueva
riqueza; todo inconveniente posible debe ser transformado en ventaja real. La
presa despierta de su letargo para llevar a cabo un gesto definitivo: uso de la
realidad, confianza en lo aleatorio, dominio del kaíros, fin del asedio.
Así pueden comenzar los derroches.
De este modo, la ética dispendiosa es como una taumaturgia, mientras
que la del burgués es tanatopraxis. Una hace milagros, exprime el jugo de la
existencia, lleva la realidad a su punto de incandescencia; la otra se limita a
embalsamar, a momificar la vida como si fuera un cadáver a punto de
descomponerse. La primera es una mayéutica que apunta a la epifanía de lo
maravilloso; la segunda, un perpetuo servicio fúnebre al servicio de las eutanasias
y extinciones de vitalidades. Voluntad de goce contra ideal ascético. Y con el
propósito de permitir el advenimiento de la excelencia, se privilegia el
instante. Momento fuerte que eclipsa el pasado y el futuro, en beneficio de su
propio poderío, absorbe las vibraciones del derroche para nutrirse y saciarse
de ellas. En la intersección entre el tiempo y la eternidad, el instante es
la categoría temporal de los éxtasis, de lo que he denominado hapax existenciales
de los momentos que convulsionan la vida. Aunque inscripto en una
cronología -porque no se puede concebir sin comienzo, desarrollo y final-, el
instante es la modalidad suprema de la duración extática. Pulveriza la
dialéctica lineal y la lectura que hacen los occidentales, a favor de un modelo
impresionista cuyas pinceladas mantienen una relación caótica, a menos que
también en este caso exista un orden de los objetos fractales, despliegue,
pliegue y repliegue, en perpetuas y recurrentes formas del carácter o del
temperamento. Y si hiciera falta una figuración musical para esta filosofía del
instante bordeado de vacío, perdido entre dos largos silencios, por ser
pesados e irradiar blancuras ya en Debussy, la encontraríamos en las seis Bagatelas
para cuarteto de cuerdas op. 9 de Webern. La tercera, por ejemplo, dura 21
segundos. A su amigo Schonberg le encantará esa capacidad de concentrar una
odisea en un simple gesto casi sobrio, ya que esa proeza consiste en llevar lo
expansivo por esencia, a una expresión tan fugitiva como un aliento suavemente
exhalado. Poco tiempo para revelar un mundo entero: esa es la fuerza del
instante, su sentido. La capacidad para generar esos Pentecostés estéticos
muestra qué victorias es capaz de producir sobre el tiempo el dispendioso,
totalmente volcado a la multiplicación de esos instantes. La combustión de sí mismo
en una celeridad tremenda introduce la eternidad, al menos La ilusión que se
tiene de ella, en el registro de lo posible. No hay derroche sin juego con el
tiempo, sin aspiración a su dominio lúdico. Pienso también en Heráclito, como
siempre, para quien el tiempo es un niño que juega. Magnificencia del niño.

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