La gran metáfora
Para los cristianos la Semana Santa es la gran semana en la que se celebra la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. Estos tres hechos son momentos de un único proceso, llamado «misterio pascual», misterio del paso (pascua en el lenguaje bíblico) de la vida a la muerte y de la muerte a la resurrección. O, también, del paso de la cautividad egipcia a liberación del pueblo en el desierto y a la conquista de la tierra prometida.
Hegel cuando era un joven estudiante de teología en Tübingen (fue primero teólogo, igual que Heidegger) en su Stift (seminario), un viernes santo tuvo una iluminación que modificó toda su vida y que está en la raíz de su filosofía. Lo llamó «viernes santo teórico». Vio la unidad del proceso de la naturaleza y de la historia que pasa por la vida, por la muerte y por la transfiguración, como en el misterio pascual cristiano. Llamó a esto dialéctica.
Si reparamos bien, la semana santa, más allá de de su carácter religioso, representa una gran metáfora. Todo en el universo, en los procesos biológicos, humanos y biográficos se estructura en forma de dialéctica. El primer momento es la tranquila serenidad y paz infinita de aquel puntito casi infinito de donde venimos. De repente, sin que sepamos por qué, explota. Produce un caos inconmensurable. La evolución del universo es el proceso de crear orden en el caos. Cada ser vivo nace, se desarrolla, muere y se transfigura en el Todo. Las sociedades pasan por crisis. Las estrellas-guía ya no responden a los nuevos desafíos. Se produce un proceso de disolución. Cuando se define otra forma de organización social emerge un nuevo orden con otro sentido de ser.
El ser humano vive su compromiso existencial sereno y tranquilo. Y he aquí que irrumpe la crisis y todo se hunde. Se purifica, madura y crea otro orden vital. Éste a su vez, lentamente, también se desestabiliza y solamente recupera la serenidad cuando elabora otro sentido de vida o pasa para otra dimensión más allá de la muerte. En todo este proceso dialéctico hay una experiencia de vida, de muerte y de transfiguración; de orden, desorden y nuevo orden; de tesis, antítesis y síntesis. La complejidad, según E. Morin, se estructura en esta dialéctica.
Según esta visión dialéctica, la persona no fue creada para conocer un final en la muerte, sino para transfigurarse a través de la muerte. Pasa, como dirían los alquimistas medievales, por un proceso químico y entra en un orden más alto. Los cristianos llaman a esto resurrección, que no significa la reanimación de un cadáver, sino la transfiguración completa del ser humano en comunión con el Ser. Es la dialéctica de la semilla: «si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, se queda solo, pero si muere, dará mucho fruto», como dijo el Maestro.
Hoy la naturaleza y la humanidad viven bajo un continuo viernes santo. Hay devastación y sufrimiento en demasía. El vía crucis tiene estaciones sin fin. Nuestra esperanza es que este padecimiento se ordene a una radiante transformación, a un nuevo paradigma de convivencia en el que no sea tan difícil que tratemos a los seres de la naturaleza con compasión y a nuestros próximos con humanidad y con cuidado.
Después que Cristo resucitó, tras un clamoroso fracaso personal, ya no tenemos derecho a estar tristes ni a perder la esperanza. Del caos puede venir siempre vida nueva. La historia y la saga de Jesús nos ofrecen una señal creíble.
Pascua: las muchas travesías
Hegel cuando era un joven estudiante de teología en Tübingen (fue primero teólogo, igual que Heidegger) en su Stift (seminario), un viernes santo tuvo una iluminación que modificó toda su vida y que está en la raíz de su filosofía. Lo llamó «viernes santo teórico». Vio la unidad del proceso de la naturaleza y de la historia que pasa por la vida, por la muerte y por la transfiguración, como en el misterio pascual cristiano. Llamó a esto dialéctica.
Si reparamos bien, la semana santa, más allá de de su carácter religioso, representa una gran metáfora. Todo en el universo, en los procesos biológicos, humanos y biográficos se estructura en forma de dialéctica. El primer momento es la tranquila serenidad y paz infinita de aquel puntito casi infinito de donde venimos. De repente, sin que sepamos por qué, explota. Produce un caos inconmensurable. La evolución del universo es el proceso de crear orden en el caos. Cada ser vivo nace, se desarrolla, muere y se transfigura en el Todo. Las sociedades pasan por crisis. Las estrellas-guía ya no responden a los nuevos desafíos. Se produce un proceso de disolución. Cuando se define otra forma de organización social emerge un nuevo orden con otro sentido de ser.
El ser humano vive su compromiso existencial sereno y tranquilo. Y he aquí que irrumpe la crisis y todo se hunde. Se purifica, madura y crea otro orden vital. Éste a su vez, lentamente, también se desestabiliza y solamente recupera la serenidad cuando elabora otro sentido de vida o pasa para otra dimensión más allá de la muerte. En todo este proceso dialéctico hay una experiencia de vida, de muerte y de transfiguración; de orden, desorden y nuevo orden; de tesis, antítesis y síntesis. La complejidad, según E. Morin, se estructura en esta dialéctica.
Según esta visión dialéctica, la persona no fue creada para conocer un final en la muerte, sino para transfigurarse a través de la muerte. Pasa, como dirían los alquimistas medievales, por un proceso químico y entra en un orden más alto. Los cristianos llaman a esto resurrección, que no significa la reanimación de un cadáver, sino la transfiguración completa del ser humano en comunión con el Ser. Es la dialéctica de la semilla: «si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, se queda solo, pero si muere, dará mucho fruto», como dijo el Maestro.
Hoy la naturaleza y la humanidad viven bajo un continuo viernes santo. Hay devastación y sufrimiento en demasía. El vía crucis tiene estaciones sin fin. Nuestra esperanza es que este padecimiento se ordene a una radiante transformación, a un nuevo paradigma de convivencia en el que no sea tan difícil que tratemos a los seres de la naturaleza con compasión y a nuestros próximos con humanidad y con cuidado.
Después que Cristo resucitó, tras un clamoroso fracaso personal, ya no tenemos derecho a estar tristes ni a perder la esperanza. Del caos puede venir siempre vida nueva. La historia y la saga de Jesús nos ofrecen una señal creíble.
Pascua: las muchas travesías
La Pascua es la fiesta central de judíos y cristianos. Para los judíos celebra --y celebrar es actualizar -- el paso de la esclavitud en Egipto a la tierra prometida, el paso a través del Mar Rojo, y el paso de masa anónima a pueblo organizado. La figura de referencia es Moisés, libertador y legislador, que nació cerca de 1250 años antes de nuestra era. Él condujo la masa hacia la libertad y la hizo pueblo de Dios.
Para los cristianos, la pascua es también paso. Tiene como figura central a Jesús de Nazaret. Celebra el paso de su muerte a la vida, de su pasión a la resurrección, del viejo Adán al nuevo Adán, de este mundo cansado al mundo nuevo en Dios.
Como en todos los pasos hay ritos, los famosos ritos de paso tan minuciosamente estudiados por los antropólogos. En todo paso existe un antes y un después. Hay una ruptura. Los que realizan el paso se transforman. El rito de paso del nacimiento, por ejemplo, celebra la ruptura de la pertenencia al mundo natural, para pasar a pertenecer al mundo cultural, representado por la imposición del nombre. El bautismo celebra el paso del mundo cultural al mundo sobrenatural, es decir, de hijo e hija de los padres a hijo e hija de Dios. El matrimonio es otro importante rito de paso: de soltero o soltera con las disponibilidades que caben a esta fase de la vida, a casado y casada, con las responsabilidades que este estado comporta. La muerte es otro gran rito de paso: se pasa del tiempo a la eternidad, de la estrechez espaciotemporal a la total apertura de lo infinito, de este mundo a Dios.
Si nos fijamos bien, toda la vida humana posee una estructura pascual. Toda ella está hecha de crisis que significan pasos y procesos de acrisolamiento y madurez. Tomando como referencia el tiempo, se verifica un paso de la infancia a la juventud, de la juventud a la edad adulta, de la edad adulta a la vejez (hoy se prefiere decir tercera edad), de la vejez a la muerte, de la muerte a la resurrección y de la resurrección a la zambullida inefable en el reino de la Trinidad, según la creencia de los cristianos.
Son verdaderas travesías con los riesgos y peligros que este fenómeno existencial implica. Hay travesías que llevan al abismo; otras llevan a la culminación. La pascua trae además una novedad, tan bien intuida por el filósofo Hegel un viernes santo en el Konvik t de Tübingen (seminario protestante) donde estudiaba. La pascua nos revela la dialéctica objetiva de lo real: la tesis, la antítesis y la síntesis. Vivir es la tesis. La muerte es la antítesis. La resurrección es la síntesis. La síntesis es un proceso de recogimiento y de rescate de todas las negatividades dentro de una positividad superior. Así que lo negativo nunca es absolutamente negativo, ni lo positivo es solamente positivo. Ambos se contienen uno al otro, encierran contradicciones y forman el juego dinámico de la vida y de la historia. Y todo termina en una síntesis superior.
Tal vez esta sea la gran contribución que la pascua judeocristiana ofrece a quienes se entristecen y se interrogan por el sentido de la vida y de la historia. La cautividad no tiene la última palabra sino la liberación; no es la muerte quien posee el sentido de las cosas sino la vida y la resurrección. Así la historia estará siempre abierta. Con razón nos decía el poeta y profeta Dom Pedro Casaldáliga: después de la síntesis final de la pascua de Cristo ya no podemos vivir tristes. Ahora la verdadera alternativa es: la vida o la resurrección.
Judas sigue siendo Judas
Judas Iscariote era un apóstol de Jesús, por lo tanto, alguien de su intimidad. Pero según san Juan « era ladrón; sacaba dinero de la bolsa común » (12,5). Denunció a las autoridades, al precio de treinta monedas de plata, donde estaba escondido Jesús y con un beso en la mejilla lo identificó a los soldados; así lo traicionó. Después, arrepentido, quiso devolver el dinero, pero no se lo aceptaron. Desesperado, se ahorcó, según san Mateo (27,3-5). Según dice san Pedro en los Hechos de los Apóstoles, sufrió un accidente, « reventó por la mitad derramando todas las vísceras » (1,18). Hacia el año 100, según Papías, discípulo del evangelista Juan, Judas « se habría hinchado de forma monstruosa, pudriéndose vivo ». Como se desprende, nadie conoce a ciencia cierta su fin trágico, pero todos lo consideran « el traidor ».
Para la Iglesia antigua siempre fue un enigma por qué Judas traicionó al amigo. Las teorías son muchas. A mí me convence una bastante aceptada en la exégesis ecuménica, pues guarda cierta coherencia interna. Dice así: predominaba en el tiempo de Jesús una visión del mundo llamada apocalíptica. Según ella, el fin del mundo sería inminente. El Reino irrumpiría poniendo fin a esta desgraciada existencia. Pero antes habría un gran combate con el anti-Reino y sus partidarios. El Mesías sería sometido « a la gran tentación » . Casi moriría. Pero a la hora suprema Dios intervendría, salvaría al Mesías e inauguraría el Reino. Junto con otros estudiosos, comulgo con la idea expuesta en mis libros Pasión de Cristo- pasión del Mundo y el Padrenuestro de que Jesús se inscribía dentro de esta visión. Él habla del fin inminente y del Reino que ya está dentro de nosotros. Usa expresiones técnicas cuando se refiere a la « tentación » , a la « hora » y a « beber el cáliz » , cosa que le produce angustia mortal hasta el punto de sudar sangre y rezar: « Padre, aparta de mí este cáliz » .
Los apóstoles participaban de esta lectura del mundo. Judas, en esta lógica, con el afán de acelerar la venida del Reino, entregó a Jesús para ponerlo en un gran aprieto y así obligar a Dios a intervenir. En esta comprensión, Jesús mismo en lo alto de la cruz, en la cercanía de la muerte, se da cuenta de que Dios no interviene como esperaba. Grita estas terribles palabras: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? » (Marcos 15,34). Pero su última palabra fue: « Padre, en tus manos entrego mi espíritu » (Lucas 23,46). La traición de Judas sería por tanto un acto teológicamente fundado, para acelerar la venida del Reino.
Algo muy distinto dice el Evangelio de Judas, manuscrito de 13 páginas en papiro, originalmente escrito en griego antiguo y después traducido al copto hacia finales del siglo III y principios del IV, es decir cerca de 150 a 170 años después de la muerte de Judas. Descubierto en los años 70 en Egipto, sólo recientemente ha sido descifrado y publicado. En el texto Jesús le dice a Judas: « Tu sobrepasarás a todos los otros (apóstoles) y te enseñaré los misterios del Reino; pero por eso tú sufrirás mucho » . El contexto es el del gnosticismo, corriente filosófico-existencial que negaba valor al cuerpo y a la carne. Jesús aquí debería liberarse de esa envoltura carnal para revelar su divinidad. Esa sería la misión de Judas. Tal doctrina está lejos del Espíritu de los evangelios que afirman la carne que Dios hizo suya.
San Ireneo, obispo de Lyon en el año 180, conocía ese evangelio de Judas y lo denunció como ficción. Pero después el manuscrito desapareció. Por mejores que hayan sido las razones de Judas, él fue el traidor y sigue siendo Judas.
La Pasión de Cristo
Para la Iglesia antigua siempre fue un enigma por qué Judas traicionó al amigo. Las teorías son muchas. A mí me convence una bastante aceptada en la exégesis ecuménica, pues guarda cierta coherencia interna. Dice así: predominaba en el tiempo de Jesús una visión del mundo llamada apocalíptica. Según ella, el fin del mundo sería inminente. El Reino irrumpiría poniendo fin a esta desgraciada existencia. Pero antes habría un gran combate con el anti-Reino y sus partidarios. El Mesías sería sometido « a la gran tentación » . Casi moriría. Pero a la hora suprema Dios intervendría, salvaría al Mesías e inauguraría el Reino. Junto con otros estudiosos, comulgo con la idea expuesta en mis libros Pasión de Cristo- pasión del Mundo y el Padrenuestro de que Jesús se inscribía dentro de esta visión. Él habla del fin inminente y del Reino que ya está dentro de nosotros. Usa expresiones técnicas cuando se refiere a la « tentación » , a la « hora » y a « beber el cáliz » , cosa que le produce angustia mortal hasta el punto de sudar sangre y rezar: « Padre, aparta de mí este cáliz » .
Los apóstoles participaban de esta lectura del mundo. Judas, en esta lógica, con el afán de acelerar la venida del Reino, entregó a Jesús para ponerlo en un gran aprieto y así obligar a Dios a intervenir. En esta comprensión, Jesús mismo en lo alto de la cruz, en la cercanía de la muerte, se da cuenta de que Dios no interviene como esperaba. Grita estas terribles palabras: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? » (Marcos 15,34). Pero su última palabra fue: « Padre, en tus manos entrego mi espíritu » (Lucas 23,46). La traición de Judas sería por tanto un acto teológicamente fundado, para acelerar la venida del Reino.
Algo muy distinto dice el Evangelio de Judas, manuscrito de 13 páginas en papiro, originalmente escrito en griego antiguo y después traducido al copto hacia finales del siglo III y principios del IV, es decir cerca de 150 a 170 años después de la muerte de Judas. Descubierto en los años 70 en Egipto, sólo recientemente ha sido descifrado y publicado. En el texto Jesús le dice a Judas: « Tu sobrepasarás a todos los otros (apóstoles) y te enseñaré los misterios del Reino; pero por eso tú sufrirás mucho » . El contexto es el del gnosticismo, corriente filosófico-existencial que negaba valor al cuerpo y a la carne. Jesús aquí debería liberarse de esa envoltura carnal para revelar su divinidad. Esa sería la misión de Judas. Tal doctrina está lejos del Espíritu de los evangelios que afirman la carne que Dios hizo suya.
San Ireneo, obispo de Lyon en el año 180, conocía ese evangelio de Judas y lo denunció como ficción. Pero después el manuscrito desapareció. Por mejores que hayan sido las razones de Judas, él fue el traidor y sigue siendo Judas.
La Pasión de Cristo
La película la Pasión de Cristo de Mel Gibson no es la Pasión de Cristo. Es la Pasión de Mel Gibson por la sangre, los latigazos, la tortura y la cruz a propósito de la crucifixión de Jesús. La forma de dramatización escogida poco tiene que ver con los relatos evangélicos de la Pasión, y mucho con el espectáculo y el simulacro, tan al gusto de la cultura de comunicación de masas. La película es tan excesiva y aturdidora que el efecto final es: “no puede ser, sencillamente es demasiado". El problema no es tanto la secuencia ininterrumpida de violencia sino la capacidad de Jesús de soportar todo aquello sin morir por lo menos en varias oportunidades. Todo sufrimiento posee una dignidad innegable, pero cuando es artificialmente provocado se vuelve grotesco y repulsivo. Es el dolor por el dolor, la sangre por la sangre, la cruz por la cruz. En una palabra, es dolorismo y sadismo. Eso no es humano ni divino. Nos negamos a creer en un Dios que exija tal precio para redimir a la humanidad. Pero ese Dios no es el Dios de Jesús, es el Dios de Mel Gibson. No se hace merecedor de respeto y adoración. Aquí está el talón de Aquiles de su película: la imagen de Dios, cruel y sanguinario.
La obsesión por el dolor y por la sangre contamina a todos los personajes y al mismo Cristo. En ningún momento se despega de la cruz. No es Simón el Cirineo quien ayuda a Jesús a cargar la cruz, es Jesús quien ayuda a Simón Cirineo. El climax de la obsesión se alcanza cuando Jesús se arrastra por sí mismo hasta la cruz para que lo claven en ella. Las dos caídas de la cruz con él clavado son inverosímiles y de una crueldad insoportable.
Todo lo que está sano puede enfermarse. Aquí nos enfrentamos a una versión enfermiza de la Pasión de Cristo, lejos de la versión contenida y digna de los cuatro evangelistas. Ellos sí dicen que fue abofeteado, escarnecido, desnudado, flagelado y coronado de espinas, pero nada tan excesivamente cruel y sin piedad como en Mel Gibson. Los cuatro evangelistas con extrema objetividad afirman:"después de haberlo escarnecido y haberse divertido con él, lo llevaron afuera para crucificarlo.”
La película se afilia a una de las varias interpretaciones de la pasión de Cristo, la del sacrificio cruento, que prevalecía en la liturgia de las iglesias y después fue elaborada teológicamente por San Anselmo(+1109). En su famoso libro "Por qué Dios se hizo hombre" afirma: se hizo hombre para poder sufrir y derramar su sangre y así expiar la ofensa hecha a Dios por la humanidad. Siniestramente dice que Dios encuentra hasta hermosa la muerte de cruz porque así aplaca su hambre de justicia. Esta visión gibsoniana es errónea pues destruye la imagen que Jesús nos legó de Dios, como Padre de infinita ternura. El Padre no quiso la muerte de Jesús; quiso, sí, su fidelidad hasta el fin, aunque eso implicase la muerte. Sólo son dignas la cruz y la muerte cuando son consecuencia de las luchas contra la cruz y la muerte impuestas a las personas y cuando expresan solidaridad con los crucificados.
Seguramente muchas personas querrán profundizar las cuestiones suscitadas por la película de Mel Gibson. Recomiendo mi libro "Pasión de Cristo, pasión del mundo: hechos, interpretaciones y significado ayer y hoy (Indo-American Press, Bogotá y Sal Terrae, Santander). Debe de estar bien, pues, una vez traducido, ganó en Estados Unidos el premio al libro religioso del año (1978) y la Congregación para la Doctrina de la Fe, la ex-Inquisición, lo analizó y me obligó a un largo proceso explicativo.
Es importante no aislar la Pasión de Jesús de su vida y de su compromiso. Ahí adquiere su sentido, y en comunión con la Pasión dolorosa del mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario