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sábado, 2 de abril de 2011

Pensar con los Sentimientos. Por Álvaro Márquez-Fernández

La distinción práctica entre el razonar sentimentalmente y el razonar racionalmente.


El pensamiento sentimental es un sentir la vida por medio y a través de unos juicios valorativos que nos permiten compartir, en la presencia de los otros, un interés subjetivo que nace de una necesidad de hacer reciproco las sensaciones que despiertan los afectos. Descubrir la “naturaleza” sentimental es un logro que resulta de nuestra comprensión sensible de los afectos. Son éstos de una “naturaleza” de ser que no les permite delimitación de ningún orden, con la que podamos definirlos o calificarlos. El razonar sensible es mucho más complejo por las variadas y plurales dinámicas que orientan y constituyen a los afectos. En particular, cuando la experiencia afectiva compromete la conciencia sensible de nuestros cuerpos, por su condición mediadora de la sensibilidad que nos permite vivir ese espacio relacional y metafórico de la afectividad para nuestro bienestar psicológico. Precisamente, ningún afecto está predeterminado por la experiencia que es resultado de su acción. Es más, podría decirse, que un afecto nunca es igual en si mismo, siempre es diferente a si mismo, y en modo alguno puede estar precondicionado a los orígenes que le sirven de realidad. El afecto es un valor de la sensibilidad que resulta interpretado subjetivamente desde algunos de los valores que le pueden ser propios, pero, sobre todo, desde los valores que asume en cada una de las experiencias que los hace prácticos para una u otra persona.


El pensamiento racional es un existir en la vida por medio y a través de la lógica y la deducción. El razonamiento nos convierte en sujetos racionales. Los afectos nos convierten en sujeto sentimentales. Sin embargo, una conversión y otra, y sus respectivas transformaciones, por vía de la razón o por vía de la sensibilidad, aunque parezcan en un principio muy contrarias y opuestas, quizás no lo son, al menos según otra interpretación diferente a la que hemos heredado de una y otra racionalidad. Sin embargo, el pensamiento racional, que pareciera completamente opuesto al sensible, lo es muy probablemente en su relación con la vida objetivante del pensamiento como realidad concreta. Esa función directiva a la que apunta el pensar racional, lo convierte en un pensamiento epistémico. Mientras que la función no directiva, sino polivalente del pensar sensible, hace sentir la vida por sus valores emotivos y representaciones estéticas. Del lado del pensar racional, se podría situar lo que se ha entendido por “ciencia”. Y de otro modo, del lado del pensar sentimental, se podría situar lo que consideraríamos como “arte”. Precisamente, al considerar el pensar racional como un pensar de prácticas concretas, en el sentido de la deducción y del cálculo, de la probabilidad y de la causalidad; y al pensar sentimental como un pensar de prácticas subjetivas, consideradas por la intención y el sentido de los afectos y las emociones, podemos establecer las inevitables diferencias de las dos esferas del pensar y de los dos mundos de experiencias de éstas. Pero también, de la necesidad de superar la oposición entre ambas razones y ambos pensamientos, aprendiendo entre ellas. El pensar racional tiende a agotarse en el mundo de las cosas y los objetos, pueden fácilmente tender a la deshumanización del sujeto por medio de la alienación técnica que lo vuelve en objeto de sí o de otro. Entonces, el pensar racional sufre de una crisis de insensible para pensar acerca de la razón como un valor del pensar y sentir la práctica de ese valor para interpretar la realidad en su libertad subjetiva. Esa carencia, es demostrada y hecha evidente por la razón sensible que vive su exilio de la práctica o experiencia del pensamiento.


El sentir sentimental


Nos acercamos al mundo de nuestras vidas, mucho más, por la sensibilidad originaria de nuestra “naturaleza” humana, que por la experiencias de aprendizajes que obtenemos del sólo uso de la racionalidad. El pensar sensible es un estado o situación de ser que responde al interés, ánimo, voluntad, conciencia, deseo, placer, instinto, intuición, que se resiste a cualquier control que rechace o niegue su emergencia, presencia y desarrollo. La vida del pensar sensible es una experiencia que resulta de la captación del cuerpo como materia real y concreta, por la que los imaginarios más sublimes sirven de libertad para el reconocimiento y descubrimientos de las sensaciones y percepciones de las que se nutre el cuerpo real e imaginado por la conciencia del deseo y la voluntad de vivir, sin las represiones de la racionalidad (política, social, religiosa, sexual, moral, económica).


El sentimiento se vive y revive de los deseos y de las emociones que consantemente modificación el estatus de inercia, regulación y control que la razón dominadora es capaz de lograr con sus lógicas de principios tautológicos y no contradictorios. Esa lógica es absorbida por el pensamiento como práctica racional en la mayoría de las experiencias existenciales de la vida de los sujetos, las personas.


En oposición, el pensar sentimental piensa desde las sensaciones, reflexiona desde las emociones, vive la realidad de la corporeidad humana desde las satisfacciones y realizaciones. No es solamente una condición de vivir la vida a través de las formas cognitivas de la racionalidad; sino, más aún, vivir la vida como una condición superior de los objetos que resultan de la aplicación de las facultades cognitivas de la realidad. Se trata de vivir la vida, un poco más allá de la racionalidad cognitiva, por medio de los valores sensibles de las emociones y de los afectos. Y son, precisamente, esos valores de la sensibilidad subjetiva que no pueden ser objetos de regulaciones o normas de ningún tipo, porque se trata de la satisfacción y realización estética del valor de la sensibilidad como gozo y deseo que recrea la voluntad por los sentidos y las intuiciones…. No es posible disponer de un orden o sistema lógico con el que previamente se interpreta o explica el mundo de la sensibilidad…. La causalidad de los hechos de la realidad, desde el pensar sentimental es imposible de explicación. Las causas responden a un desorden, evitan cualquier linealidad, en el mundo de las realidades sensibles. Ellas son apenas un detonante para abrir y explorar la realidad en sus muchos sentidos sensibles…inaprensibles.


La razón sentimental es una libertad sensible que no puede y no debe quedar sujeto o dominada, porque pierde la “esencia” de su práctica. Es necesario reconocer que la fuerza de los afectos es polivalente, es una fuerza que se desplaza en diversos planos de la vida. Mientras que por un lado puede presentarnos y hacernos vivir el dolor de la tristeza; nos puede hacer convivir con el consuelo o la esperanza. Lo que es incomprensible para un caso, puede ser considerado comprensible para otro.


Aprender de la experiencia que nos brinda la vida para aprender de nuestras y de otras emociones y afectos, nos permite recuperar para la experiencia del aprendizaje un pensamiento y un saber razonar los sentimientos, de un modo completamente diferente a lo que nos ha enseñado el racionalismo del pensar racional. Esa libertad para sentir a través del cuerpo vivo, de las palabras escuchadas, de las miradas vistas, de la escritura leída, el tacto compartido, y de tantos otros momentos de esa fenomenología a la que responde la sensibilidad; es, naturalmente, recuperar para el pensar una realidad que se le había robado y excluido.


Las intuiciones sensibles


No existe pues ni orden ni sistema, ni estructura ni modelo, que nos permita considerar el pensar sensible, la conciencia de nuestras sensaciones y percepciones emotivas, como absolutas, estáticas e inertes. Ellas resultan de un complejo conjunto de experiencias-vivencias entre quienes las viven, las perciben, las sienten, las representan y las interpretan. Aprender el lenguaje de las artes visuales, las artes pictóricas, las artes dramáticas, las artes escultóricas, las artes musicales, el arte poética, es aprender en casi todos los aspectos más necesarios y vitales, el “arte de vivir sensiblemente”. El desarrollo de todos estos aprendizajes nadie los sabe, los conoce a priori, como el saber y conocer epistémico. Menos aún, en parte a priori y en parte a posteriori.


El aprendizaje del razonar sentimental o pensar sensible, se desarrolla por intuiciones. Si, por ese campo de incertidumbre donde apenas existe el referente de alguna seguridad ontológica de la que nos provee la cultura de nuestras experiencias, pero que de facto no es posible practicar porque es imposible reproducir por medio de alguna práctica la experiencia requerida por el interés, el deseo, la voluntad sensible. Las manifestaciones de la sensibilidad nos recrea una realidad que es intransferible e irrepetible. Se trata de disponer de ciertos juegos de relaciones relativas entre los signos-símbolos con los cuales codificamos una realidad para poder aprehenderla en algún momento de su proceso de desarrollo. Vivir la sensación y obtener de ésta el valor sensible, implica vivir con el co-razón el valor de la sensación que se nos presenta como acción comprometida con el sentido existencial de la realidad subjetiva que portamos y compartimos. Abrir la reciprocidad y liberar los afectos para que el encuentro con el otro o con uno mismo, sea libre en su relación afectiva, es considerar el corazón como la “razón” para amar el deseo de los afectos, la respuesta a las emociones suscitadas, los lazos sentimentales a las experiencias convividas.


En su conjunto, del corazón que ama es que renace al amor para amar y el amor para dotar al amor del sentimiento con el que se desea convivir. Obramos en este mundo intersubjetivo por ese extra-sentido que surge del corazón,para percibir más allá de las apariencias, el sustrato de la emoción sensible que despierta los sentidos del sentimiento. Esa razón sensible la logramos conocer a través de las metáforas del co-razón, no es más que la otra cara del pensar que no puede estar ausente de nuestras vidas. Las intuiciones o premoniciones del co-razón son inexplicables para la episteme de la realidad, ellas están siempre subyacentes a la realidad empírica y concreta, y aunque a veces podamos presumir de su objetividad real, nada más alejado de su auténtica expresión.


Nos toca aprender a interiorizar nuestras emociones, a reformular permanentemente los contenidos de los que emanan o fluyen, muy distantes de algún concepto de ley particular o universal. A valernos en ese abismo de vacíos lógicos y deductivos, de las intuiciones, invisibles, pero portadoras de intencionalidades de la vida del sujeto, que le sugieren al sujeto de la intención los posibles caminos por donde la incertidumbre se abre a los encuentros. Nada es definitivo, todo es relativo. Son estas intuiciones las que nos dan las auténticas “certezas” de nuestra seguridad y confiabilidad en nosotros y en los otros, de un modo “extraño” a la racionalidad, pues no presume de ningún control o dominio de dirección, pauta y orden de las vivencias sensibles.


Es esa otra “voz del pensamiento” que se refleja y se manifiesta por medio de una corporeidad que nos permite premonizar, sospechar, el valor de las acciones subjetivas fuera de todo principio limitante o condicionante de la realización expresa y libre de la voluntad y la conducta. La vida del sentido subjetivo de la intuición es contemplativa y estética. Se vive el sentimiento sin coartadas y sin las represiones de las fuerzas racionales que nos impone ejecutar un dominio sobre la voluntad originaria.


Los afectos y la realidad sintiente


Son muchos los riesgos, y pocas las seguridades de aprender a vivir de los afectos y de las realidades sensibles. Esta afirmación que luce de una gran incoherencia, a los críticos racionalistas; porta, sin embargo, una desigualdad argumentativa, de similar valor y demostración. ¿Por qué no poder o saber vivir de realidades cuyo representación y valoración, no puede ser estudiada o analizada, interpretada o explicada, por una presunta objetividad que las niega desde su inicio? Es decir, podemos estudiar lo que pensamos que es porque forma parte objetiva y estática de la realidad. Pero vivir y comprender otra realidad posible y probable, que esté compuesta por características contrarias, no es admisible… Se cuestiona la realidad de los afectos como una realidad poco concreta, se cuestionan los afectos, precisamente, por carecer de una realidad controlable… Eso supone, al menos en el campo de las teorías, que estamos pensando sobre un orden de realidad que obviamente es incoherente e inconsistente, lo que implica su precario status de racionalidad. Pero la realidad sintiente, ésa a la que aludimos cuando hablamos de los sentimientos, no es una realidad epistémica; sino representada por el valor con el que el sujeto de la intención la propone y la dota de actividad, no está dada como algo que queda fuera de nuestras sensaciones y percepciones del cuerpo sensible….


Los afectos son una realidad afectiva, porque los afectos se generan en una instancia de la vida emocional que le dan origen; es decir, efecto y causa, para su existencia. Una existencia que se corresponde de una u otra manera, a la intención del sujeto para sentir la vida en su plena manifestación. La captación de esa dimensión de la vida afectiva y de los afectos que devienen entre las personas, nos permite considerar la realidad desde su aspecto sentimental, quizás la dimensión de la realidad humana más importante a la hora de “calificar” la vida de acuerdo a su principio y fin…. El ideal de la vida debería ser nuestra reproducción afectiva de la vida, en el sentido más natural de la reproducción de la vida que permita una mayor conciencia de la libertad para pensar y sentir. Es decir, para pensar sensiblemente. Y que este hecho valorativo y ontológico no quede fuera de la vida, por causa del pensar racionalizante. Se trata de liberar la “razón afectiva”, de sus cadenas positivistas y empíricas. Se busca crear a partir de las experiencias afectivas, las nuevas realidades sintientes. Una sociedad y un género humano liberado de la represión política, económica, y racionalista de la vida; es una sociedad donde el género humano, lo femenino y lo masculino, se complementa y no se excluyen egoístamente.


Es una sociedad que aprende cada vez más, por donde es que deben seguir los pasos de ambos géneros, si de lo que se trata es de recuperar para el pensar la sensibilidad y para ésta la felicidad del goce y del placer que produce la libertad y los valores estéticos de la vida. Accedemos al mundo, nos abrimos a él, como las aguas del Mar Rojo, con la firme intención de recuperar el deseo y los afectos por la vida, para que la muerte no nos separe y nos vuelva indiferentes a la vida; sobretodo, cuando se trata de la vida individual que hace cada quien. Sentir la naturaleza de la vida, es sentir la vida en toda su revelación. La realidad sintiente es libre para la interpretación y la simbolización. De ella se desprende una práctica donde el sujeto está en un permanente descubrir y explorar las sensaciones más íntimas de sus afectos. Ésas que se guardan y potenciar nuestra conciencia para la sorpresa y el encuentro sin máscaras. Los afectos como mundo de la vida del sentimiento que se gesta, crece y muere: para dar vida a la vida de las intuiciones sensibles, pues la experiencia de la vida es inagotable.


La libertad sensible para vivir la experiencia del pensar sentimental


Se pueden entender, casi, como sinónimos. La libertad del o para pensar; y, la sensibilidad sentimental. Es obvio que tal conexión es una posibilidad que va más allá de un simple y agradable juego de palabras. Si observamos con cierta atención, esa relación de afinidad, alianza, y de parentela, entre libertad y pensamiento; luego, la de sensibilidad y sentimiento, lo que estamos observando es una condición de la vida que nos habla de una conjunción o de unos complementos insustituibles para esa co-relación que se debe a una relación de proximidad que implica permanentemente un re-encuentro entre sensibilidad y libertad. Debemos aprender a desarrollar experiencias, desde todas esas experiencias que se interpretan como “artísticas”. Esa es la dimensión donde se aprender a pensar desde los sentimientos, cuando el valor de lo sentimientos portan una tremenda carga de valoración subjetiva, y es esa fuerza subjetiva la que le imprime a la realidad esa práctica, esa acción, imposible de negársela, la que finalmente formará parte de todo el pensar (que no es una episteme exclusiva del razonamiento). Hacernos de experiencias sentimentales, es ofrecer la vida a una voluntad del querer hacer donde necesariamente se requiere de otros actores, donde la colaboración puede generar los suficientes intercambios cognitivos para saber utilizar las estrategias del aprender a pensar racional.


Sin un desarrollo estético, poético, lúdico, erótico de la sensibilidad, nuestras capacidades sensibles se atrofian como cualquier órgano que necesitando de sus condiciones de vida y sobrevivencia, las pierdes o se las niegan. En una sociedad del consumo dirigida por el control tecnológico de la racionalidad científica, no solamente éstas capacidades para la sensibilidad resultan desconocidas, sino las más elementales condiciones naturales del ser humano como sujeto para la simbolización, representación, imaginación, sufren una fractura emotiva y volitiva que lo separa del mundo de la sensibilidad, y lo convierte en un ser robotizado. Recuperar la libertad sensible es todo un proyecto de vida, que debe atender y satisfacer ese universo de afectos que necesitamos para sentir la vida en toda su plenitud. No solamente porque debemos aprender a vivir de y con los sentimientos, para y con ellos, sino porque sin los sentimientos, y sin nuestras individuales y personales formas de pensarlos y convivirlos, es casi imposible que la naturaleza de los afectos y emociones puedan desarrollarse.


Es una práctica que requiere otra práctica del pensamiento para lograr nuestra conciencia y autoconciencia del espacio y del tiempo donde acontecen, que es completamente diferencial, no lineal, de los acontecimientos más racionales y técnicos que reproducimos en la vida y los dotamos de un sentido de trascendencia que no nos aproximan a la libertad sensible y a la experiencia de pensar desde la sensibilidad de nuestros co-razones. Pensar la experiencia sensible desde la ilusión y la fantasía, debería formar parte de nuestras experiencias más simples y complejas.


Pensar en la libertad de la imaginación, la metáfora y gozo de los placeres, debería convertirse en el lei motiv de querer vivir la vida por medio de nuestras sensaciones y toda esa gama de reacciones emocionales que somos capaces de experimentar. La emoción sentida como el sentido práctico que constituye la realidad de los afectos, nos libera de las represiones de los controles racionales, pues deja en libertad nuestra capacidad de abrirnos al mundo sin los dogmas y tabúes de la racionalidad social. Esta otra forma de razonabilidad, que es el pensar sensible, y el actuar libremente entre sus interacciones, nos permite descubrir una conciencia afectiva que casi siempre queda oculta por la mala conciencia que evita y restringe nuestra libertad. Y no es solamente un hecho vivencial que compromete nuestra libertad para el deseo y la voluntad espontánea, es una condición que se puede hacer permanente en su reiteración por negar la libertad sensible del deseo y el placer.


Debemos aprender, entonces, a producir esa voluntad por medio de la fuerza de la imaginación que rompe cualquier frontera o limitación; aprender por medio de una práctica de las sensaciones que nos permitan recuperar el valor de nuestra conciencia sensible para construir la belleza y servirnos del amor y la pasión como prácticas poiéticas fundamentales para la vida de hoy y de mañana. Ninguna renuncia nos es dada en la vida; todo lo contrario, se trata de vivir la vida desde la convivencia entre los pensamientos sensibles y los pensamientos racionales.


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